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Meditar en la muerte es aprender a vivir en la alegría

Deshimaru. «Meditar es entrar vivo en el ataúd»

Decía el físico, filósofo y teólogo, Zubiri, en su monumental obra: “Hombre, naturaleza y Dios” que había que distinguir la experiencia empírica, propia de la ciencia y la experiencia experiencial, que es experiencia, pero subjetiva, no por ello falsa. Ésta se da en distintos ámbitos del saber como pueden ser, lo místico y lo artístico. Cuando meditamos estamos en el ámbito de la experiencia experienciable. Si llegamos a un estado profundo de meditación no hay algo así como un yo que medita, sólo hay meditación (experiencia experienciable sin un sujeto.) 

Y cuando uno ha alcanzado cierta pericia en la meditación y puede dirigir la atención y la observación con cierta “libertad”; es decir, cuando la mente (la loca de la casa que diría Santa Teresa”) se calma, entonces se pueden hacer ciertos experimentos. 

Por ejemplo, el maestro zen, Deshimaru, decía que meditar es como “entrar vivo en el ataúd”. Claro, esto es así, pero lo que podemos, es hacer el experimento. Es decir, meditar sobre la muerte no es ni reflexionar filosóficamente, ni realizar experimentos científicos; sino “vivir la propia muerte.” Y éste es un experimento, muy enriquecedor vitalmente que podemos hacer en meditación. Es más, el Buda, decía que la única meditación imprescindible y necesaria diariamente era la meditación sobre la muerte. De ahí que los monjes budistas acostumbren a meditar en los cementerios y osarios. 

Al meditar sobre la muerte, al entrar vivos en el ataúd, pues experienciamos la propia muerte. Nunca es igual, es la diferencia entre lo empírico y lo experiencial. Pues bien, morir es soltar y dejando ir todas las cosas, todos los seres queridos. Es el desasimiento, que decía el gran místico alemán del siglo XIII, el maestro Eckhart. Desasirse es no tener nada a lo que agarrarse. Cuando uno suelta lo puede hacer de forma suave, pacífica, con aceptación. Como el que se va a dormir y se abandona al sueño de forma plácida y con la sensación de que todo está hecho y no siente apego por nada, pero sí, amor bondadoso y alegría por los que se quedan. Todo ello es experienciable en un estado de meditación profunda. Cada exhalación es más larga y sutil. Las respiraciones se van haciendo más lentas, se reducen a dos o tres por minuto, incluso a una, o a menos de una en estados muy profundos. Entonces se siente el abandono del cuerpo. Cómo dejamos de sentir, cómo los sentidos y el discernimiento se apagan. Cómo nos vamos sumergiendo en una nada oscura, pero acogedora. Nos invade, pero ya no es el sentimiento habitual del cuerpo (nos encontramos en un estado expandido de consciencia) un estado de profunda paz y calma, de ecuanimidad. Cierto gozo, alegría. Es la beatitud (felicidad) de la que hablaba Spinoza. 

Pero podemos resistirnos a soltar. De ahí la necesidad de este entrenamiento, porque, tarde o temprano, nos va a ocurrir. Entonces nos invade el miedo, el dolor, el sufrimiento, la tristeza por los seres queridos, que no es más que egoísmo encubierto de caridad. Porque, en realidad, no queremos soltar porque nos duele el abandono, nos inunda el miedo a la nada, a la oscuridad, a no ser. Intentamos asirnos a cualquier cosa, pero si vivenciamos la muerte auténticamente, no hay asidero. Como en la vida. Aprender a morir es aprender a vivir. Vivir es un fluir, un eterno dejar, abandonar. Cada instante estamos muriendo, cada instante es un paso hacia la muerte, cada instante es un abandonar, un soltar. 

Entonces podemos, si se tiene cierta pericia, la meditación sobre la muerte en meditación sobre la vida, meditar en el vivir. Al meditar en la vida, tampoco hay un sujeto que viva. En la meditación de cierta profundidad, el sujeto, el yo, el ego, desaparecen, lo que hay es una consciencia testigo en la que estamos como inmersos, pero que nos observa y siente imparcialmente todo lo que pensamos y sentimos. El vivir se manifiesta como un esplendor de alegría, como un surtidor de vivencias de las cuales somos conscientes. Somos conscientes de cada cosa, de cada sabor, color, aroma. Y somos plenamente en cada sensación. Y ese ser plenamente en cada sensación es plenitud, es gozo profundo, alegría. pero, es curioso, al no haber un sujeto, no hay un asirse a las sensaciones, pensamientos, recuerdos. Se vivencian sin más. De ahí el gozo y la alegría. Porque, sin un sujeto, no hay miedo a perder nada, sino un disfrute en el momento presente. Éste es el sentido auténtico del Carpe Diem. Vive el momento como si fuera el último. Disfruta de todo, sin apego, sin intentar aferrarte. Si lo intentas, desaparece la alegría pura y desinteresada y aparece el miedo de la pérdida. Aprender a morir nos enseña a vivir profundamente y con alegría, amor y compasión, porque nos enseña a soltar. Nos enseña el desapego. 

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