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Disquisiciones sobre la enfermedad

Lo primero, así, de sopetón, podría ser preguntarse si existe o no la enfermedad. Así, parece que la cuestión es muy brusca; pero, más que nada, es para que sirva como revulsivo, porque lo que quiero decir aquí no es nada baladí. Para empezar, pienso que no existe la enfermedad, lo mismo que no existen cosas. No hay seres, no hay un yo, ni físico, ni biográfico, por tanto, no hay una cosa que se pueda atribuir a una no cosa. Es decir, la enfermedad es un nombre. Ahora bien. el que no sea una cosa no implica que no sea. Es una realidad que, si la tomo como cosa y si me identifico con ella, entonces estoy cayendo en un error. Un error que puede ser peligroso si la susodicha enfermedad es grave o de las llamadas terminales (no deja de ser este nombre un poco extraño en la medida en la que las enfermedades, terminales, o no, se basan en estadísticas.) Que las estadísticas digan X, no quiere decir que siempre se cumpla X, puede no cumplirse; por eso son estadísticas. Incluso en las llamadas enfermedades terminales esto es así, porque se basan, quieran o no, en estadísticas. ¿Cuánta gente se ha salido de la estadística? El caso es que son demasiado, ya sea de enfermedades terminales, degenerativas, o cualquier otra. Las enfermedades son nombres que proceden de una clasificación y que constituyen un mapa muy interesante y fructífero a la hora de tratar síntomas y, algunas veces, las causas de ellos. Pero son eso, mapas, en muchos casos muy precisos. El problema es cuando nos identificamos con la enfermedad; o, peor, la sociedad o el médico nos identifica con la enfermedad. Existen “enfermedades” que parecen tener un origen muy claro, como el cáncer de pulmón (algún tipo en concreto) y el tabaco o la pancreatitis etílica. Pero tampoco en estos casos hay una posible reducción. No sabemos ni por qué se fuma, ni por qué se bebe, aun sabiéndolo, el que lo hace, que su vida está en riesgo, lo sigue haciendo. Esta ausencia de saber nos hace pensar que el enfermo no es la enfermedad, ni siquiera es un enfermo; si no una persona singular, concreta y absolutamente libre. Si el médico y la sociedad, la consideran como tal, entonces se abriría una puerta a la curación, yo diría sanación como recuperación del equilibrio en todos los factores de tu vida. Cuidado, estar en equilibrio no implica no tener problemas. 

El caso es que lo que vengo diciendo en estas líneas es que es necesario, por el bien social y de los sujetos, que cambiemos nuestra idea de enfermedad, que cambiemos el papel del médico, la relación médico-paciente; que se debe inclinar hacia la autonomía del último y que el paciente debe cambiar su relación con lo que él, el médico y la sociedad, llaman su enfermedad. En primer lugar, hemos dicho que la enfermedad no es una cosa, no es un objeto, lo mismo que yo tampoco lo soy. Somos procesos, ausencia, vacuidad. Y, desde esta perspectiva, ya no consideramos a la enfermedad como a una enemiga, a veces letal, una condena, que se nos impone, que nos ha tocado; o, aún peor (pero esto lo veremos después, algo de lo que somos culpables.) En tal caso la perspectiva cambia. Para empezar, hay una plena aceptación, que no resignación, aprendemos a convivir con un proceso que se da dentro de nuestro propio proceso vital que no tiene límites; eso sí, que es cambio permanente. Y, en la medida que es cambio, todo cambia. La enfermedad es un cambio en esa armonía y mi actitud ante ella es una forma del cambio. Puede ser negacionista, puede ser militar y guerrera, puede ser compasiva. Sí, por qué no puede uno compadecerse de su propia enfermedad. En realidad, la compasión es el amor desinteresado y el perdón. La compasión es dejar ser. Ello no implica dejarse morir, que también depende y es muy respetable, sino comprender el hecho de que he perdido, o, me encuentro, en otro estado de equilibrio. A mi modo de ver, no plantear una escisión entre la enfermedad y el sujeto es ya la aceptación misma y es, hablando en la terminología que niego aquí, una victoria, para que se me entienda. En realidad, no hay victoria, porque no hay nada contra lo que luchar; eso sí, hay paz y una reconciliación con la vida que facilita la vuelta al equilibrio y, además, la aceptación de los tratamientos médicos que, a veces, pueden ser muy agresivos, pero que, si nuestra actitud es la del cambio, el fluir, la ausencia de ser habrá una gran aceptación de esos tratamientos, lo cual implica un mayor éxito de los mismos. La actitud, el qué piense el “paciente” es muy importante porque influye en todo el proceso de la enfermedad: cómo se adquiere, cómo se desarrolla y cuál pueda ser su desenlace. Mi idea es la de la afirmación de la VIDA, es, por tanto, la alegría de ser, la aceptación de la muerte como un proceso que se da en la vida, lo mismo que la enfermedad. Como nos enseña la sabiduría popular: morimos porque estamos vivos. Si vamos un poco más allá, podemos afirmar que muerte y vida son lo mismo. En realidad; si hay VIDA no hay muerte. Y el hecho es que hay VIDA, pero la vida es cambio, fluir,… y nunca se presenta de la misma manera. El amor bondadoso, la compasión y el perdón hacia uno mismo y hacia todo lo que me rodea es la base de la vida virtuosa o feliz, que no del bienestar que se identifica con el tener, con la acumulación,… 

Una vez hecho estos breves apuntes, hay una cosa que tratar que hunde sus raíces en el qué sea la ciencia, qué representa y, más en concreto, qué sea la medicina y qué representa el médico en el imaginario social y, por tanto, del paciente. La cuestión es profunda y necesitaría un recorrido histórico, pero este escrito, como suelen ser casi todos los míos, es un esbozo. 

Todo se centra, o hunde sus raíces, en la muerte de Dios. Tras la muerte de Dios algo ha de sustituirlo. Y lo será la ciencia, la técnica y el mercado. Todos ellos están unificados y, como sustitutos de Dios, pues son los nuevos redentores, como decía José Sanmartín. Claro, si la ciencia se presenta como un discurso salvador, también es un discurso de condena. Y esto se ve muy claro en la ciencia médica; que más que una ciencia debería ser un arte humanístico con un apoyo científico técnico. El caso es que la medicina juega un papel muy importante en el estado psicológico y ético de los ciudadanos. La medicina, tal y como se entiende y dentro del marco del discurso tecnocientífico, tiene la capacidad de juzgar. El médico, en su papel, de forma inconsciente, como lo hace la sociedad en su conjunto, juega un rol paternalista. Ese paternalismo se lo otorga el propio ciudadano. Es el mismo ciudadano el que cede su libertad y ofrece su servidumbre por comodidad e ignorancia. Y no es que esto lo haga, el ciudadano, de forma autoculpable, como diría Kant, pero sí responsable. Es lo mismo que ocurre en el ámbito político. Pero es nuestra forma de ser o, más bien, nuestro estado de consciencia. Si consiguiésemos elevar nuestra consciencia conquistaríamos la libertad, así como el amor bondadoso y la compasión. Pero estos procesos evolutivos no ocurren de forma necesaria, ni implican un progreso. No sabemos que es lo mejor para el hombre y la humanidad. El caso es que, en este momento, vivimos más en un estado de servidumbre que de libertad y autonomía. Y otorgamos poder al que tiene una situación de poder. Pero, claro, igual que no estamos preparados para ser libres, nos cuesta; hay que ser muy valientes y poco perezosos. Tampoco estamos preparados para ejercer el poder. Por lo general ejercemos el abuso, muchas veces de forma inconsciente y, como ocupamos el lugar de los nuevos redentores, pues nos consideramos los salvadores. Y, en el caso de la medicina, este discurso del poder, con sus premios y castigos (discurso de la culpabilización) se hace de lo más normal. Como digo, mayoritariamente de forma inconsciente. Esto es, que el paciente se siente culpable de sus enfermedades. Y, no porque el médico suela decirlo, algunos sí, sino porque la estructura del discurso en torno a la enfermedad es la de llevar o no llevar una buena vida o una vida saludable (luego puedes ser un sinvergüenza, pero eso no te enferma.) Claro, el discurso médico es, generalmente, positivo: si te cuidas, haces ejercicio, llevas una buena dieta, no cometes excesos, pues no desarrollarás enfermedades cardiovasculares, respiratorias o cáncer a una edad temprana. Pero, eso sí, este discurso del poder, de la salvación, de los nuevos redentores ahora con sotana blanca, pues tiene la lectura de lo que no se dice. La amenaza de la condena, del infierno por nuestra propia culpabilidad. Si contraemos una enfermedad es porque, sólo hay que mirar la vida de uno, hemos llevado una vida poco saludable. Es decir, que es nuestra culpa. Somos pecadores y la enfermedad, que nos puede llevar a la muerte (algo que negamos, no concebimos, cuando es un proceso vital) es el castigo merecido a nuestros actos-pecados. 

Si queremos superar este discurso de buenos y malos, de enfermos y sanos; hemos de madurar. Tenemos que atrevernos a ser libres y, por tanto, responsables, pero también compasivos y bondadosos con el que no lo es. Porque la compasión es la comprensión. Si subimos este escalón en la consciencia el médico y la sociedad, así como el paciente, no tendrán un discurso culpabilizador, sino comprensivo, compasivo y amoroso. Porque el paciente, cuando se siente culpable, es más difícil que se sane, porque asume el discurso de la culpa. No se comprende a sí mismo. No se da cuenta de que todo es, más amplio y complejo. Y, el médico, tiene la posibilidad, desde su posición de mayor saber, pues hablar con el paciente. Pero lo que se dice hablar. Esto es, hablar de la vida del paciente: lo que piensa, lo que le importa, sus inquietudes, sus problemas. Y esto es realmente sanador y hace que las terapias funcionen mejor y que no haya una actitud de rechazo. Pero, eso sí, para que se de este diálogo es necesario por parte del médico y el paciente una igualdad. Una autonomía y libertad de ambos. Un aprendizaje común. Porque todo el que enseña, aprende. De lo que estamos hablando es de un estado de consciencia ampliado en el que no exista la culpa, sino la responsabilidad, la libertad, la comprensión, la compasión, el amor, la igualdad y el perdón. Nada más y nada menos. Si se dan cuenta, aquí, la enfermedad, pasa a un segundo plano. Queda integrada en esa nueva consciencia; que, en última instancia, pero esto ya entraría dentro del ámbito de lo místico, aspiraría a ser Consciencia Cósmica. 

Addenda. 

La cuestión, por otro lado, es que pasar a un estado ampliado de la consciencia requiere lo que se llama un cambio de paradigma. Y cambiar el paradigma donde uno se encuentra es dejar caer todo nuestro sistema de creencias. Ello nos lleva al vacío y existe, lo que, desde antiguo, se llamó “horror vacui”. No soportamos el vacío porque es una pérdida de sentido y el hombre es un animal en busca de sentido porque lo necesita al no venirle dado de forma natural. El nuevo paradigma no es una casa nueva a la que nos mudamos, que ya implicaría sus problemas de adaptación; sino que es una casa de la que sólo tenemos los materiales de los cimientos y una vaga idea de cómo será. Todo es desconocido. Lo que sabemos con certeza es que, el paradigma anterior, no explica muchas cosas. La mayoría sigue en el viejo paradigma porque el nuevo, ciertamente, son arenas movedizas. Todo es improvisación y creatividad; eso sí, no surgen de la nada. En el caso de la medicina podemos decir que se podría alimentar de teorías más omniexplicativas que proceden de otros campos. El modelo mecanicista-determinista en el que se basa cayó hace más de cien años con la física relativista y cuántica; así como el nuevo concepto de materia surgido de la misma biología. Por otro lado, hay modelos psicológicos, psiquiátricos y educativos, que no reducen la relación médico paciente a lo meramente empírico y medible. Teorías de la psique profunda, como las diversas teorías psicoanalíticas, teorías de la educación que intentan que la relación maestro discípulo sea entre personas, horizontalmente, no marcadas por el poder de la diferencia de conocimientos; sino basadas en una educación integral del cerebro que afecta a toda la persona. Es decir, que lo que se tiene en el horizonte es la persona, no el alumno. Teorías psicológicas y biológicas basadas en la integración, no en la mecanización. La integración exige de la complejidad de organismos y personas. Mientras que la mecanización es una reducción a objetos y mercancías. Por eso, el cambio de paradigma en la medicina bebe de todas las fuentes. Y por eso he defendido siempre que la medicina, aunque necesita y se ayuda de la tecnociencia y ésta es imprescindible, en realidad, la praxis médica se parece más a un arte que a la ciencia. El arte trata con la creación de lo irrepetible. Y eso somos las personas: sujetos irrepetibles. Por eso no existe la normalidad en medicina. Es un espejismo. Y, por eso, el trato entre médico y paciente ha de ser una creación recíproca. Lo mismo que sucede con el maestro y el discípulo. Y, por todo ello, el cambio de paradigma en medicina está dentro de un cambio de paradigma global de la civilización que implicaría ese paso de ampliación de la consciencia, que no niega lo anterior, sino que lo integra. 

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