Mi carrera en la Filosofía de la Ciencia empezó, cuando aún cursaba los estudios universitarios e hice un proyecto de tesina, éste sí lo terminé, sobre las diversas interpretaciones de la MQ. Pero no seguí con la tesis porque me dieron trabajo nada más terminar la carrera. Así que, aunque leía sobre el tema, lo que es a título de investigación lo aparqué durante años y luego lo retomé. Después de aquella segunda zambullida en profundidad en la MQ, me dediqué a la filosofía de la religión, más en concreto al estudio del origen del cristianismo y a los estudios histórico-críticos de la religión que se inician en la modernidad. Uno de los más radicales fue Spinoza, pero mi lectura de esta lumbrera en mi vida en aquel momento se dirigía hacia otro lado. Precisamente a la parte positiva de lo que podemos sacar de la religión y del texto sagrado del judaísmo y el cristianismo, la Biblia. Para Spinoza la Biblia se reduce al mensaje ético del amor al prójimo. Y esto coincidía con mi intuición desde los años de juventud. Más tarde, las diferentes vicisitudes de la vida, lo que te toca vivir, me llevó a la filosofía política. Pero no como un teórico, sino como un divulgador y con el intento, la pretensión de azuzar las consciencias, de despertarlas y de hacer que la masa deje de serlo y sean pueblo o, mejor, ciudadanos o repúblicos. Vamos, un tábano.
Pero, otras vicisitudes, que siempre son crisis, que, o te matan o te hacen más fuerte y más sabio, como diría Nietzsche, pues me adentraron en un terreno que ya había pisado en la adolescencia, antes, incluso, de empezar la carrera de filosofía. Es más, mi encuentro con la filosofía en el bachillerato, supongo que, por la influencia del profesor de filosofía, racionalista y hombre de ciencias, que en aquellos tiempos significaba ser un positivista, que tuve y con el que trabé una estrecha amistad, pues me sacó del mundo de lo espiritual y de mis lecturas de la filosofía oriental hasta que tuve unos 50 años. Ahora, entre otras cosas, llevo dedicado diez años a estos estudios y prácticas espirituales. Pero, como nada se hace en valde, y todo vuelve, el eterno retorno; pues el estudio de lo oriental me llevo, de nuevo, al estudio de la MQ porque muchos, para explicar la “realidad” espiritual acuden a la Física Cuántica, con más o menos acierto, eso sí. Vamos, que se dicen muchas tonterías desde la new age intentando buscar apoyo en la MQ, como si ésta fuera el Bálsamo de Fierabrás. Pero no es así y, por eso, mis estudios me han servido para filtrar mucha literatura basura procedente de la new age en la que todo cabe y todo se explica. Para nada las cosas son así, es más, son mucho más complejas y te dejan mucho más asombrado y perplejo que las simplezas de la new age. El caso es que, por un lado y por otro, mientras iba centrando mis estudios, me encontraba con lumbreras de la ciencia y de la filosofía, un tanto herejes, en los aledaños de la ciencia normal, que diría Kuhn, y que estaban pensando un mundo absolutamente novedoso a la luz de la aceptación del nuevo paradigma que llega con la teoría de la relatividad, la mecánica cuántica, la nueva biología y el nuevo concepto de materia que se autoregula (Prigogine y sus estructuras disipativas, premio Nobel), la nueva matemática de la complejidad y los fractales que nos lleva a un mundo holográfico,… en fin, una inmensa literatura científico-filosófica, que tuve la oportunidad de leer y, más o menos entender, debido a mis estudios previos, además de que era un alumno de ciencias que no sabía si cursar física o filosofía. La ingenuidad de querer conocerlo todo me llevó a la filosofía, sin abandonar los estudios de física y biología.
Entre medios me encontré, en esta última década con un autor español, Juan Arnau, del que leí una obra que me pareció interesante, pero no seguí con otras lecturas suyas. Pero, como pasa en esto del leer y estudiar, una cosa te lleva a otra y pareciera que todo se organiza sincrónicamente para que aparezca el libro o las lecturas oportunas en el momento que les toca y que serán bienvenidas y fructíferas. Y ése es el caso de las dos últimas obras que he leído de Juan Arnau que, por un lado, me han vuelto a poner en contacto con los viejos temas, integrando la ciencia más rigurosa, con el más riguroso estudio de la filosofía, tanto Occidental, como Oriental; desde un nivel de profundidad que me ha dejado perplejo y que no sospechaba y, por otro lado, me ha llevado a la nueva literatura que los clásicos de estos temas han ido produciendo y que yo desconocía. El caso es que la lectura de todas estas obras en las que ando inmerso y mi nueva inmersión en Spinoza, me están ofreciendo una nueva perspectiva, tanto de la teoría, como de la práctica. Lo digo así por enfatizar, en realidad, la teoría y la praxis son distintas percepciones de lo mismo y una percepción, como bien apunta Arnau, es una ventana abierta al mundo. Y, cada ventana, de alguna manera recrea y co-crea (no me gusta esta palabra por su degeneración, aunque es la más adecuada) el mundo. Sin que en éste exista una diferencia entre objeto y sujeto. Ahora puedo darle una dimensión mucho más profunda a aquello de Popper de “El mundo como un surtidor de novedades”. Popper, el filósofo al que más he estudiado, fue revolucionario, pero siguió anclado al antiguo paradigma en el sentido de distinguir entre sujeto y objeto y en su sentido de la verdad como correspondencia entre lo pensado y la cosa. Si nos zambullimos en las profundidades de la MQ y nos atrevemos a aceptar sus consecuencias, nos quedamos sin objeto y sujeto, nada más parecido a la psicología budista, o al Sankya, pero emerge ese surtidor de novedades ese mundo que es la vacuidad manifestándose o el mundo implícito de Bohm haciéndose explícito. O el Tao que se puede nombrar, pero que no es el verdadero Tao. Tiempo y espacio desaparecen, nos queda la ausencia de todo. La ausencia de tiempo es la eternidad. Y aquí emerge la sombra de Spinoza, el gran incomprendido. Y en esto andamos, con 60 años e ilusionado como un niño chico con zapatos nuevos, que se decía antes.
