La agresividad, la violencia, la guerra, son connaturales al hombre. Pero tanto como lo son el altruismo, la cooperación, la fraternidad, la generosidad y la compasión.
Unas emociones o afectos no es que estén en lucha unos con otros. Es que cuando una no está, está la opuesta. Ahora bien, la que está es porque se la ha alimentado.
No hay determinismo genético. Eso es un invento ideológico para justificar lo injustificables; es decir, la eliminación de la ética y de los derechos humanos universales.
Me he encontrado en una obra de Fernando Villadares: “La recivilización” una cita de Popper de 1980 muy esclarecedora. “La peor ignorancia no es la del que no sabe; sino la del que no quiere saber.”
El mucho saber, el refugiarse en el saber o erudición es una huida de sí mismo y del mundo. Pero, otro tanto, ocurre con el no querer saber.
El tema es que el hombre, que se ha autodenominado sapiens, genética-evolutivamente- está preparado, como todos los animales, para el peligro inmediato, o para la acción inmediata: huida y caza. Su cerebro no está diseñado para un plan a largo plazo. Sí para un plan, pero a corto y algo a medio plazo.
Una política que se base en el problema ecosocial y que contempla la eliminación del capitalismo, es decir, el decrecimiento, no es viable para la mayoría de la gente, no porque no entiendan el problema, que sí, sino que no son capaz de contemplar un futuro a largo plazo y, prefieren, el plato de lentejas ahora y seguro, que no racionalizar equitativamente el plato de lentejas y controlar su producción de forma comunitaria; que no sabemos ni como se podrá hacer o si nos quedaremos sin lentejas. Cuando lo cierto es que, como no actuemos, sí que nos quedamos sin lentejas.
Lo mismo sucede con la guerra. Estamos diseñados para sentir el dolor del prójimo (proximus: cercano), pero no el dolor y el sufrimiento del otro como ser humano y, no te digo nada, el otro como ser sintiente.
La guerra es un producto del poder político. El juego del poder está fuera de nuestro alcance, o, más bien, preferimos mirar para otro lado, como el chiste del borracho que busca las llaves debajo de la farola. Y, claro, dadas estas circunstancias, pues lo que hacemos es dejarnos embaucar por la trampa emocional del poder. El poder manipula nuestras emociones manipulando la información. Y en el mundo de la posverdad en el que vivimos, que es mentira, por cierto, otro engaño que ha sabido utilizar el poder, pues aún se acentúa esto más.
Lo que se está produciendo es una lucha de poder, no una eliminación de la estructura del poder, ésta persiste desde el neolítico, que no es más que un nuevo reparto del mundo. Rusia, o Putin, dice a los Estados Unidos, “tú ya no eres el jefe”. Ahora hay más candidatos. No hay lucha de bloques. Europa ya no cuenta y lo que pretende Rusia (Putin) es terminar con la Unión Europea, de ahí su apoyo a los independentismos nacionalistas, al Brexit, a Le Pen, a la Liga neofascista italiana…
Europa representa Occidente y los grandes valores universales conquistados por la humanidad. El problema es que Europa ha sido y es un títere de la OTAN, encabezada por los Estados Unidos. Y, claro, no se puede defender lo que uno mismo tantas veces ha violado y sigue violando. No se puede defender los derechos humanos universales y no aceptar el Estado palestino porque Israel no quiere e, hipócritamente, apoyar la Identidad de Ucrania. Y esto es sólo un ejemplo que viene muy bien por la coincidencia en el tiempo. La hipocresía y la mentira no van muy lejos y quien la ejerce pierde toda credibilidad.
También tenemos la hipocresía y la demagogia de los inmigrantes y refugiados. Los inmigrantes, de una manera u otra, los hemos producido el Norte desarrollado. Los refugiados de guerra, son de nuestras guerras por el mundo. Europa no admite a los refugiados de Afganistán, tras la retirada de Estados Unidos y la vuelta de los talibanes, pero sí admite a los refugiados Ucranianos. En qué quedamos, ¿Somos todos iguales, o unos más iguales que otros? La razón de esta discriminación es obvia, ¿no? Pues seguimos mirando para otro lado.
En el fondo, los inmigrantes, los refugiados, el caos climático, la guerra, todo es fruto del problema ecosocial; que tiene su núcleo en el dogma de fe del crecimiento ilimitado en un planeta finito.
