1

El exterminio silencioso

Cada mañana, el hombre que vivía ancestralmente —como había vivido durante milenios, más allá de donde alcanza su memoria o la de su pueblo, ahora llamados indígenas o aborígenes por sus colonizadores— ve cómo su horizonte se estrecha. A la par que su horizonte físico, también se contraen su horizonte psicológico y vital.

Hay menos agua, menos árboles, menos animales. En suma, el equilibrio se ha roto. Y ya comienza a afectarlos de tal forma que, por primera vez, empiezan a pensar en términos de presente y futuro, cuando, hasta entonces, todo había sido un eterno presente, un eterno retorno. El mundo estaba explicado y colmado de sentido. Ahora comenzaba a agrietarse. Y esa extraña enfermedad de sus colonizadores comenzaba a afectarlos: la inseguridad, la incertidumbre ante la posibilidad de un mañana, o ante la ilusión de tener un mañana mejor.

Antes solo existía el hoy, porque todo se repetía cíclicamente, de forma eterna, con los mismos referentes arquetípicos. Todo se hacía igual, y todo tenía su razón de ser.

Los colonizadores traían la codicia, el robo, el engaño. Todo bajo una fórmula mágica: el Progreso. Pero este progreso se traducía, en los corazones de su tribu —sobre todo en los más jóvenes—, en miedo, incertidumbre, pérdida del sentido y de la finalidad de la existencia; y en los mayores, en nostalgia. El colonizador hablaba una lengua extraña. Hablaba de la supervivencia del más apto. Hablaba de especies en guerra.

El hombre autóctono, mirando el horizonte que se estrechaba como un cerco, amenazándolo con la imposibilidad de existir, no entendía esas palabras. Él solo entendía lo que es la vida en comunidad: que lo que afecta a una parte afecta al todo; que, por lo tanto, todo es objeto de cuidado, porque todo permite la vida. El colonizador solo entendía su vida, y encima hablaba de la “ley de la selva”, como si fuera la guerra de todos contra todos. Confundía la lucha en comunidad de los múltiples seres con el exterminio impuesto por el supuestamente más fuerte.

Una idea nueva amanecía en su límpida inteligencia. En contraste con el amanecer que veía en el horizonte, surgía la idea del final. Una palabra nueva, que no había tenido cabida en su lengua, que solo describía los ciclos interminables de la naturaleza y de ellos mismos —que nunca se consideraron otra cosa que naturaleza.

Y se acordaba de cómo muchos jóvenes habían ido abandonando la tribu y el poblado. ¿En busca de qué? ¿Qué libertad les habían prometido, salvo la de someterse al hombre rico? Cuando la libertad, para él, era la aceptación de las leyes cooperativas de la naturaleza.

Pero la idea del Progreso era un veneno para el alma. Sobre todo para la del joven. Y más aún cuando el hambre, traída por ese mismo Progreso, comenzaba a hacer mella en la tribu. Todo se ponía patas arriba. Surgían preguntas sin respuestas, miedos, desasosiego, incertidumbre… acompañados de codicia, avaricia, agresividad, deseo desmesurado… en suma: ignorancia.

Y pensaba para sí mismo que él sería uno de los últimos hombres en contemplar el final de sus días. Y cómo toda una inmensa biblioteca de sabiduría milenaria —no escrita— moría con él y con los últimos ancianos de su pueblo.

Deja un comentario

Descubre más desde La Gaceta Independiente

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo