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Diálogo de espejos

 Desde Spinoza (Ética, V, Proposición 32): «Todo cuanto entendemos por el tercer género de conocimiento, nos deleita, y ello acompañada de la idea de Dios como causa».

·  Desde Lao Tse (Tao Te King, Capítulo 11): «Se moldea la arcilla para hacer una vasija, pero es del vacío interno de donde sale la utilidad de la vasija».

Estas sentencias, por sí solas ya se comentan. Pero se comentan por lo que muestran, no por lo que se puede deducir de ellas. Y eso es así porque no están en el nivel de la demostración, del decir; sino del mostrar. La intuición, muestra, el entendimiento, demuestra.

Es curioso que en la primera lo que se nos puede transmitir es plenitud. Pero la plenitud del infinito es como ausencia, no tiene fin. El infinito es autocreador, emana continuamente. Produce el espacio, el tiempo, el pensamiento, pero no es eso, es infinitas expresiones más. Esas expresiones se manifiestan como transitorias, como podemos ser nosotros. Que, además, somos expresiones de lo infinito conscientes de nosotros mismos y de lo infinito. Sabemos que nacemos y morimos. Pero lo hacemos como manifestación. La comprensión, entonces, de que no somos cosas, substancias, no hay un yo, hay un fluir de todo aparente. Porque todo lo que Es, es desde la eternidad (sin tiempo), produce alegría de Ser. Es como una transmisión de fuerza que capta la VIDA y que se sabe, no ser, ausencia. Y aquí conectamos con el Tao y con el Zen. Aunque esto les pueda parecer arriesgado a los académicos. No intento demostrar nada. Sólo es una expresión de una vivencia.

El Tao que no se puede decir es el verdadero Tao, dice Lao Tze. Pero, si observamos, la utilidad de una vasija, no es su ser, sino su no ser, el vacío que deja. Y esa vacío está contendido en lo lleno, las paredes de la vasija. Así, una vasija cuya vacuidad se puede llenar es la unión de los opuestos y es la completitud, o infinitud e indeterminación. Pero una vasija nunca puede dejar de llenarse, porque siempre se puede vaciar.

                                Lao Tze

Y esto último me lleva a la mística del desaferrarse del maestro Eckhart, del famoso libro anónimo de La nube del no saber, el desasimiento y el Toda ciencia trascendiendo de San Juan de la Cruz. El vaciamiento de sí mismo del que habla Simone Weil y del que nos ilustra Chul Han en su obra como diálogo con Weil y, sobre todo, en su obra sobre el budismo zen. El vaciarse es no haber nadie, cuando no hay nadie, nadie actúa, entonces hay wu wei, porque el alguien produce una dualidad, una tensión, al haber una voluntad de algo, cuando ya no hay voluntad de nada es porque ya no hay un quién. Pero todo sigue funcionando. Nos resistimos a desaferrarnos, a desasirnos, a atravesar la nube del no saber, al vaciamiento del sí mismo, que es de él y de lo que contiene, no hay taza, ni nada en la taza, hay vacuidad o espontaneidad, a trascender la ciencia (lo supuestamente conocido, parcelado con conceptos que no son más que palabras que nos creemos que nos ayudan a ver, pero que, en realidad, nos permiten ver muy parcialmente y como constructo, como si viésemos con las anteojeras del burro, o con unas gafas que nos filtran lo que vemos, pero no somos conscientes de ellas). El vaciamiento es acercarse al borde del abismo y, ahí está el pánico, el miedo, el sinsentido. La consecuencia de la muerte de Dios, como ya anunciara Nietzsche. Dar un paso y dejarse caer, es vaciarse de sí, desaferrarse. Entonces no hay ni un qué, ni un algo, ni un quién. Vacuidad viva, pero no nada. Dejar ser, COMPRENDER desde la intuición. Sólo hay el conatus de Spinoza expresándose como alegría, subjetivamente hablando, ontológicamente, la vacuidad es la espontaneidad del Ser que nunca es fijo. La infinitud nunca puede ser fija, es pura potencialidad, pura creación de sí mismo, EMANACIÓN. El abismo que no absorbe, sino que emerge tal cual en cada una de sus infinitas expresiones. Modos, los llamaba Spinoza, las diez mil cosas (el tao que se puede nombrar), los llama el Taoísmo, los dharmas, los llama el budismo, no confundir con Dharma, que es la doctrina, la palabra que, en última instancia se muestra, no se dice. Por eso el maestro zen no dice nada, no enseña nada, porque nada hay que decir ni enseñar. Todo está dado, pero para que su discípulo caiga en la cuenta ha de vaciar su cuenco, porque, de lo contrario no hay lugar (vacío) para que todo, la vacuidad, lo llene. Eso significa dejar de ser los pensamientos, las ideas y las creencias. Dejar de ser un yo, para ser nadie (no cosa, no substancia, pero conatus en forma de alegría). Es la gran carcajada del maestro taoísta o zen, la eterna ironía de Sócrates, el silencio de Buda con la flor en la mano y una sonrisa en el rostro. Es la oscuridad y la armonía manifiesta del río de Heráclito. La danza del Derviche, el tambor del chamán…

Y todo esto parecería no ser práctico, pero sólo imaginen por un momento que nos vaciamos de nuestros conceptos, creencias, ideas, prejuicios, emociones, culpas, envidias,… ¿No emanaría de ahí la VIDA en lugar de la muerte y el sufrimiento? Sin yo soy tal… no hay fricción, ni lucha. Todo sigue igual, pero hay la posibilidad del comprender, de la armonía. Decía Santa Teresa que Dios habitaba entre las cazuelas, pues eso. O Jesús de Nazaret, que el Reino de los cielos está en cada uno de nosotros; es decir, en la tierra. Pero también decía que primero hay que morir (es el vaciarse del quién o alguien, del zen, es lo innombrable del Tao que ya somos…). Insisto, todo sigue igual, la mesa vuelve a ser mesa, hay que hacer la compra, hay que trabajar,… Pero la mirada cambia porque no hay un quien haga todo eso. Se hace por sí sólo cuando no hay resistencia. A eso llaman wu wei, que no es ni un nombre es un sinograma, una representación dinámica de un proceso cuya característica, como señala Chul Han, es la AUSENCIA. No intenten comprender, no busquen nombres a todo esto, no busquen un hilo conductor. Respiren el aroma que se desprende y dejen ser al no ser… Vacíen su taza de té.

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