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La ecuanimidad.

La ecuanimidad es equidad, equilibrio, neutralidad, objetividad. Todo esto son sinónimos para la RAE de lo que es la ecuanimidad. Pero ésta, en el ámbito del budismo y especialmente, tibetano, tiene matices distintos, no contrarios, eso sí. Para empezar, la ecuanimidad es uno de los cuatro trascendentales y la primera de las virtudes que se cultiva en el camino de la Compasión. La ecuanimidad es distancia, desapego. No implica la ausencia de emoción, sino la desidentificación del mismo afecto. Esto nos permite no juzgar con prejuicios y, por tanto, ser equitativo. Pero, además, en el camino de la Compasión (que puede ser tomado también como un proceso terapéutico previo a lo espiritual) hay que pasar primero por sentir el agradecimiento a todos los seres. Sin ellos, nosotros no existiríamos. Todo es un gran entramado de relaciones. Interser, que le gustaba decir a Tich Na Ham. Después, para que emerja la compasión, no para pensarla, (esto son procesos emocionales-corporales que se hacen cognitivos, pero no son procesos cognitivos sólo), es necesario reconocer la igualdad de todos los seres, primero ser capaz de sentir y pensar como cualquiera de ellos. Esto nos descentrará y nos permitirá ver las múltiples miradas del mundo. Todo ello sin juzgar (aquí es donde está lo del no pensar y, de paso, lo difícil, porque el juicio salta automáticamente arrastrado por una emoción y nosotros también. Identificándonos de tal forma que no nos distinguimos de la emoción. No se trata de negar el afecto, sino de no identificarse y no juzgar. Ésta es la distancia que nos da la ecuanimidad.
Cuando nos damos cuenta de que la igualdad, en la diferencia, consiste en que todos los seres sufrimos, todos los seres estamos confusos, enredados en apegos, ignorancia, adicciones de todo tipo,… y todos los seres ansiamos, anhelamos la felicidad. Cuando percibimos eso, entonces, ya no pensamos, no estamos en un estado mental (ego), sino en un estado de consciencia que es la compasión: el deseo de que todos los seres dejen de sufrir y conozcan el origen y las causas del sufrimiento.

Y esta compasión emerge junto con la ecuanimidad, en no juzgar o el juicio sin apego. Podemos juzgar a un gran criminal, pero no debemos estar apegado a la venganza. Y, tampoco podemos pensar en que nuestra visión del mundo es la única. Cada cual tiene la suya, y esto no es caer en el relativismo, sino en el reconocimiento y la aceptación del otro. Luego vendrá el por qué alguien piensa algo equivocado y violento. Pero este acercamiento, además, parte del amor bondadoso; es decir, ese amor es querer que ese ser sea feliz. Pero, si piensa como piensa, pues no será feliz. Cultivar la compasión es no juzgar desde el apego y enseñar por qué se sufre y eso es analizar las ideas, emociones o afectos que uno tiene. Y las lagunas mentales, los olvidos, los actos fallidos, las asociaciones del lenguaje, todo ello son instrumentos para comprender al otro, pero con amor bondadoso. Viéndose reflejado en el otro, porque ese otro también eres tú.

Esto nos muestra, de camino, que el desarrollo ético-espiritual es, inevitablemente, político. La acción de la compasión no es egoísta, lo contrario, no hay compasión desde los estados mentales egoícos. La compasión solo emerge como un estado ampliado de consciencia cuando dejamos de ser un ego y nos identificamos con los demás. Pero, para ello, es necesario, como decía, Soltar. Y lo pongo con mayúsculas porque es soltarlo todo, incluso el yo que existe por lo que creemos tener y ser (nuestro engaño y nuestra ofuscación). La mejor terapia que pueda existir y, con ello, el mayor estado de conciencia ampliado, es ejercer la compasión. La compasión es un olvidarse de sí para ser con y para el otro y los otros. Nuestros problemas desaparecen en el momento en el que nos olvidamos de nosotros. El olvido de sí es la muerte del ego. Sin ego no hay problemas. No confundir el ego con la conciencia o con el Yo. Por eso decía que esta apertura espiritual es también una terapia psicológica. Muy difícil, sí, casi imposible, pero como nos vamos a equivocar y vamos a fracasar mucho y muchas veces; pues vamos a tener muchas oportunidades de aprender. Porque sólo se aprende de los errores y fracasos. Y, la ecuanimidad, juega un papel fundamental en todo esto. Cultivar la ecuanimidad es cultivar la visión de uno mismo en el otro, la visión y vivencia de que todos somos iguales. Y, esa vivencia nos llevara a no juzgar o juzgar desde el desapego y con una intención amorosa (que todos los seres sean felices)
Se puede practicar la ecuanimidad visualizando a los seres queridos, los neutros y los enemigos. El enemigo ha de convertirse en amigo y a la inversa y, al final, todos iguales.

Y una forma de cultivar la ecuanimidad, muy difícil, pero tremendamente efectiva es con lo que se suele llamar: la persona difícil. Todos en algún momento, o durante mucho tiempo, incluso, casi toda la vida, ha tenido una relación difícil con alguien. Alguien que nos resulta tóxico, pero que en sí no lo es. Esto es la práctica en lo concreto. Cultivar la compasión, los pasos que hemos dicho más arriba, desde la ecuanimidad y el amor con la persona difícil. A veces, se nos llena la boca con grandes palabras de libertad, igualdad y esas cosas, pero, están bien como conquistas socio-políticas; pero hay que encarnarlas. Y qué mejor que empezar con la persona difícil que, además, la tenemos al lado y la conocemos de años, probablemente. ¿Cómo vamos a amar y desear la felicidad de la humanidad si la persona difícil despierta nuestra ira, cólera e, incluso, odio? Ése es un camino equivocado. Es muy importante la ecuanimidad que, insisto, aunque pueda parecer indiferencia, ausencia de emoción, es juzgar sin apego.

Por ejemplo, la persona difícil te produce mucho dolor, no se trata de negar esa realidad, hay que sentirla y dejar que se expanda y se diluya (si es que tenemos la habilidad y lucidez de que ocurra). El cultivo de la ecuanimidad es no reaccionar negativamente. Si alguien comete un mal contra ti es porque está ofuscado, confundido, dominado por las emociones negativas. En suma, está sufriendo. También, para cultivar la ecuanimidad debemos pensar que quizás nosotros en muchas ocasiones hemos hecho daño a esa persona, desde la ignorancia, a lo mejor, pero el daño está hecho.

En fin, la ecuanimidad, una gran terapia y una inmensa apertura espiritual hacia la compasión.

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