La situación mundial en la que nos encontramos es espeluznante. Visto desde el orden del Ser, de todo lo que hay, que desaparezca la mayor parte de la biosfera y el hombre con ella, siendo la catástrofe de origen humano, carece de relevancia. No es ni bueno ni malo. Ahora bien, no es lo mismo para el caso de la ética. Y somos animales éticos.
Como animales culturales y éticos, igual que artísticos, guerreros, científicos… nos hace responsables. Pero lo de ser ético tiene una particularidad. Todos somos animales éticos. Y ser un animal que tiene una ética o moral; es ser o presupone ser un animal libre. Al menos puede tomar una decisión, aunque lo que siga escape a sus decisiones (cosa discutible)
Sabemos que somos animales empáticos, colaboradores, altruistas, sociables, cuidamos a nuestros semejantes y no podemos vivir sin ellos. Y, todo esto tiene una base biológica y ha sido potenciado por el lenguaje, también con una base biológica que, posteriormente, se amplificará hasta el infinito.
Pero también sabemos que somos cazadores-recolectores y carroñeros, luego defendemos por la fuerza nuestro territorio. Es decir; que tenemos un instinto de agresividad innato.
Pero la agresividad no es la violencia.
Parafraseando a José Sanmartín: “Somos animales agresivos por naturaleza y violentos culturalmente.” En la Introducción a su obra “La mente de los violentos.”
Ahora bien, si la violencia es cultural, pues tiene muchas formas y grados. Desde el grado mayor: el mal radical: genocidio, etnocidio, violaciones en masa, exterminio de poblaciones enteras,… Basta echar una mirada, no digo yo al siglo XX, sino a nuestra tradición judeocristiana y griega y encontraremos en sus textos los hechos narrados que avalan la existencia del mal radical en toda la historia.
Curiosamente, textos sagrados como la Biblia, tienen su fundamento y su razón de ser en la existencia del mal. Es más, sin éste, no habría Historia de la humanidad. Si el hombre no hubiese desobedecido (mal), permaneceríamos en la eternidad del Paraíso.
Hoy en día nos encontramos en una encrucijada. El colapso del capitalismo es un hecho. Pero no lo es el de la civilización, ni mucho menos el de la biosfera. Por muy dañada que quedase ésta, la mera desaparición del hombre haría posible una emergencia de la vida, inteligente por sí misma. Por el hecho de ser vida. La vida es la herencia del origen del universo. Y, el hombre, el sistema complejo más desarrollado. Eso no implica que sea el mejor adaptado. Y las especies que no se adaptan, mueren. Ello es una gran probabilidad para el hombre.
El colapso del capitalismo es el punto de inflexión de la posible desaparición del homo sapiens. Pero no es necesario que ocurra, no es un castigo divino, ni una determinación evolutiva. Es una posibilidad que depende de nuestras elecciones. Es decir; de la libertad.
La salvación de la humanidad y de gran parte de la ecosfera depende de nuestra libertad. Pero la libertad está basada en el conocimiento.
Es necesario conocer y transmitir el conocimiento de la situación en la que nos encontramos ampliamente y, la posibilidad de salvar a muchos seres sintientes, incluida la especie humana.
Pero debemos pensar de otra manera. El mal, la violencia, sea o no sustancial -eso es otra discusión- es, en parte, evitable. Ha de producirse una transformación interior y exterior. Una ampliación de nuestra consciencia y una acción clara y decidida constructiva, pero no parcheando el capitalismo; sino eliminándolo. Y no por la violencia. Sino por la desobediencia. Si creamos sociedades basadas en la sociabilidad humana, en su actitud de cuidado, más que de explotación, si nos vamos organizando en asociaciones, poco a poco, que reivindiquen cosas particulares, como la electricidad, el agua, el reparto de la riqueza, el origen de los alimentos que consumimos del supermercado,… Si nos reunimos en asambleas para hacernos oír porque los políticos no nos escuchan o no hacen lo que dicen, entonces, estaremos, por la vía pacífica de la desobediencia civil creando otra estructura política y económica que trasciende al capitalismo y que se basa en el Decrecimiento. Hay cientos de acciones que, cada cual, podría hacer. Nadie tiene que hacer todas. Eso es inviable y, además, el comunitarismo social se ocupa de la posibilidad de auto organización a través de la autonomía o libertad de cada ser humano.
Informar, trasladar el mensaje, el conocimiento y la esperanza, es de vital importancia. Entonces, aunque el barco se hunda, queda la ecosfera. Y dentro de ella el homo sapiens.
Desde el punto de vista ético es necesario un cambio del antropomorfismo al ecocentrismo.
Somos vida dentro del conjunto de la vida de la ecosfera. Dentro de un organismo mayor que es Gaia. Y, como seres o animales éticos, nos da la posibilidad de cuidar la Tierra.
Si cuidamos la Tierra, la Tierra nos cuida a nosotros.
La generosidad, el amor, siempre tienen un camino de ida y de vuelta. Recibimos más de lo que damos.
Pero, nuestra agresividad innata como ser vivo, se transforma culturalmente en violencia. Pero esto quiere decir que la violencia crea muerte, sufrimiento, guerras, escisión, identidades (nosotros frente a ellos). Es decir, que la violencia es un constructo social, no una necesidad. Es una tarea nuestra la de desarmar este constructo.
La ira nos divide y nos hace sufrir, el amor nos da alegría y felicidad. Y nos expande.
De la ira sólo sacamos sufrimiento y soledad. De la generosidad y el amor obtenemos unidad, vida, expansión, esperanza, alegría.
Aunque sea muy frágil, porque el mal, la manzana y la serpiente están ahí y forman parte de la vida.
Pero ¿Qué nos impide tomar la opción por la vida? Nada.
Es más, aunque suene a amenaza, no lo es, está respaldado, cada vez más, por la investigación científica sobre las consecuencias del colapso del capitalismo y la sinergia con el cambio climático.
Nuestra decisión no es ya por nuestras vidas, sino por la viabilidad de la vida de nuestros hijos y nietos. El principio de responsabilidad de Hans Jonas: nuestra acción afecta a las generaciones de los no nacidos, así como a aquellos que no conocemos de nada. Pero son humanos y: “Nada de lo humano me es ajeno” Terencio o “Todos somos iguales porque todos sufrimos y todos ansiamos la felicidad”. Santideva.
Porque somos libres somos responsables. Y responsable es hacerse cargo de…

