Entre los seis españoles que han formado parte de una de las ferias de arte contemporáneo más importantes de Estados Unidos celebrada recientemente, EXPO Chicago, ha estado la artista Paula Valdeón (Villafranca de los Barros, 1992), que ha cruzado el charco para abrirse paso en el mercado americano, de la mano de la Galería Artizar.
“Vengo de un sitio pequeño, donde vivir del arte es muy difícil”, explica en esta entrevista con La Gaceta Independiente, en la que lamenta lo poco valorada que está su profesión en España, pero se muestra “súper contenta” y satisfecha por todo lo que está consiguiendo.
Y es que, en tono de humor, reconoce que por algo se conoce a los artistas como “atormentados”, porque tienes que convivir con la incertidumbre y “tiene que gustarte un poco el juego. En mi caso es un ‘todo al verde’. No tengo plan B”, señala.
“En mi caso, empecé desde cero”, relata, que primero cursó el bachillerato de Artes en Mérida, después estudió Bellas Artes en Salamanca y por último hizo un Máster de Investigación en Arte y Creación en la Universidad Complutense de Madrid.
En su obra, Paula mira hacia lo cotidiano, hacia lo humilde, hacia esas estructuras invisibles que sostienen lo visible. “Al final son esas pequeñas cosas las que conforman todo lo demás”, resume.
Esa mirada conecta directamente con su forma de trabajar: superficies, tejidos, ornamentos, detalles que normalmente pasan desapercibidos. Elementos que requieren tiempo, atención y una forma de mirar que no siempre se enseña.


Dos obras en Chicago
En la feria estadounidense ha presentado dos piezas. Una de ellas, un gran políptico compuesto por 16 partes, y otra de menor formato, realizadas durante una residencia artística en Lanzarote. Ambas están vinculadas a su investigación sobre materiales y superficies.
Trabaja con óleo mezclado con polvo de mármol, generando una pintura espesa, casi escultórica, que aplica sobre lino o arpillera. “Me interesa ese contraste entre lo bruto y lo delicado”, explica. En esas telas encuentra una riqueza de tramas y detalles que dialogan con la pintura.
Las obras están inspiradas, en parte, en la artesanía canaria, especialmente en los calados textiles. Pero el interés de Valdeón no está tanto en la reproducción como en la reinterpretación de esos lenguajes tradicionales.
Cómo funciona una feria de arte
Durante cuatro días, galerías de todo el mundo han exhibido sus obras en Chicago con el objetivo de venderlas. Pero, como explica Paula, los artistas no participan en esa negociación.
“Cuando alguien se interesa por una pieza, yo me voy. Es la galería la que se encarga de todo”, explica. El sistema es claro: la galería actúa como intermediaria, fija el precio y, en caso de venta, el beneficio se reparte habitualmente al 50 %.
El contexto estadounidense marca diferencias importantes. “Aquí el poder adquisitivo es mucho mayor. Un precio que en España puede parecer alto, aquí puede parecer incluso bajo”, señala. En ese mercado, el valor percibido también juega un papel clave.
Vivir del arte, sin red
Valdeón lleva unos cinco años viviendo exclusivamente de su trabajo artístico, una decisión que implica asumir riesgos constantes.
Cada obra supone una inversión de tiempo, materiales y esfuerzo sin garantías. Puede dedicar un mes a una pieza que luego no se venda o compensarlo con otras ventas. “La estabilidad es relativa”, admite.
A esa incertidumbre económica se suma otra dificultad: la falta de cultura artística, especialmente en torno al arte contemporáneo. “En España no se enseña a valorar esto. La gente no tiene por qué entenderlo, porque nadie se lo ha enseñado”, reflexiona.
En ese contexto, contar con el respaldo de una galería es fundamental. Valdeón destaca especialmente su relación con Artizar, con la que trabaja desde 2022.
“No todas las galerías apuestan de verdad por sus artistas. Esta sí. Cree en tu carrera, no solo en vender rápido”, afirma. Esa confianza, en un mundo marcado por la inmediatez, resulta clave para sostener trayectorias a largo plazo.

El camino: convocatorias y constancia
Su entrada en el mundo del arte no fue inmediata ni sencilla. Antes de llegar a las galerías, hubo un proceso largo de presentarse a convocatorias de ayudas para desarrollar proyectos y formar parte de residencias artísticas.
“Me presentaba a 200 convocatorias y me cogían en dos, pero esas dos ya te abren puertas”, explica. A partir de ahí, su trabajo empezó a circular, a ser visto, a generar nuevas oportunidades.
Ese sistema es, en su opinión, exigente y a veces frustrante, pero sigue siendo una de las principales vías de acceso para artistas emergentes.
El arte también es trabajo
Uno de los aspectos que más le preocupa es la dificultad de que el arte sea percibido como una profesión, especialmente en contextos más pequeños.
“Cuesta mucho entender que es un trabajo”, señala. Exposiciones sin presupuesto, propuestas que implican meses de trabajo sin remuneración… situaciones que, según explica, siguen siendo habituales.
En su caso, esa profesionalización ha sido una prioridad desde el inicio. Su trayectoria académica —Bachillerato de Artes en Mérida, Bellas Artes en Salamanca y máster en la Universidad Complutense de Madrid— ha ido acompañada de una apuesta clara por vivir de su trabajo.
Crear es trabajar
Lejos del mito de la inspiración, su proceso creativo se basa en muchas horas de estudio. “La inspiración te pilla trabajando”, resume. Las ideas pueden surgir en cualquier momento, pero el desarrollo de una obra exige ensayo, error y constancia.
En un año puede realizar alrededor de una treintena de piezas, aunque el ritmo varía según el tamaño y la complejidad. Algunas obras grandes pueden requerir semanas o meses de trabajo.
“Lo más difícil es que una obra te guste a ti misma. Cuando eso pasa, ya es un logro enorme”, reconoce.
Volver a mirar el origen
Aunque no ha desarrollado proyectos específicamente centrados en su pueblo, Villafranca, reconoce que su origen está presente en su forma de mirar.
“Cuanto más tiempo pasa, más me gusta el pueblo. Me fijo en detalles que antes ni veía”, cuenta. Las casas blancas, los elementos decorativos, lo hecho a mano… todo forma parte de un imaginario que ha ido cobrando valor con la distancia.
Ese interés por lo cotidiano conecta con su idea central: poner el foco en lo pequeño, en lo que sostiene lo demás.
A pesar de todo, hay momentos que compensan el esfuerzo: una obra que funciona, una exposición, una feria internacional. “Cuando algo sale bien, piensas que merece la pena”, dice.
Y en esa mezcla de riesgo, esfuerzo y convicción se construye una trayectoria que, desde lo pequeño, ha llegado hasta uno de los grandes escaparates del arte contemporáneo.

