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Vacuidad, no yo y compasión

Según el budismo Mahayana Madhyamaka, la naturaleza última de la realidad es la vacuidad. Como en otras filosofías hay muchas escuelas, incluso de aquí salen varias ramas, pero que, simplemente, ponen el acento en un lado u otro. La cuestión es que lo que llamamos realidad no existe en tanto que no tiene naturaleza inherente (no es un ser, que diríamos nosotros). Pero ni los fenómenos, ni el yo. Claro, los fenómenos son percepciones, experiencias, de ahí que se llamen fenómenos, lo que aparece. Y lo que aparece, aparece a los sentidos, que en el budismo se llaman agregados, aunque hay más que los cinco sentidos. Bien, la cuestión es que el yo, nuestra sensación de que somos un yo separado independiente, que no cambia, sustancial, nuestra esencia, pues no tenemos ninguna evidencia empírica y vivencial de ello, es más, el yo se nos escurre, como los fenómenos y se convierte en algo mudable, impermanente, que no está en ningún lugar, pero sí en todas. La ciencia contemporánea ha corroborado esta idea empírica y teóricamente (pero la ciencia es siempre conjetural y provisional). La visión Madhyamaka se mueve en el borde o filo de la navaja. Hay dos extremos, que tanto en el pensamiento occidental, como en el oriental se tratan de evitar porque dejan sin explicar gran parte de la realidad y del conocimiento. Esos extremos son el eternalismo o esencialismo o realismo fuerte, y el nihilismo o idealismo.
En el budismo Madhyamaka se intenta evitar esto desde una posición dinámica, inestable; difícil de comprender y, más aún, porque el objetivo es la práctica, difícil de vivenciar. Los fenómenos son, pero su ser al ser dependiente no es, pero eso no implica que sea nada o sólo mental; eso sería el nihilismo o el idealismo. Por el otro lado, el yo tampoco es, su naturaleza es dependiente, por tanto, tampoco tiene realidad sustancial o naturaleza inherente. Pues bien, en el budismo se entiende vacuidad a lo que es dependiente o no tiene naturaleza inherente. Percibir y vivenciar la vacuidad es percibir los fenómenos con la comprensión firme de que son vacíos y vivir como tal. Es decir, con las consecuencias éticas y sociales que ello tiene. Pero concebir lo que hay, a la vez como vacuidad y como se nos presenta, como cosa, es una paradoja. Lo podemos comprender muy profundamente. Pero sólo lo podemos vivenciar y actuar según sus consecuencias si hemos alcanzado la liberación de todo lo que nos ata. Si hemos cortado la cadena de las doce causas interdependientes que Nagarjuna nos explica ampliando las cuatro verdades de Buda y que producen el sufrimiento y el mal, reduciéndose a la ignorancia, origen del mal y lo último que hay que sanar. A mi modo de ver, ante esto sólo cabe la confianza de que haya o no liberación total. De todos modos, una comprensión profunda de la vacuidad de lo real y, sobre todo, del yo, ya implica un cambio de pensamiento, de visión del mundo y de los demás y, por supuesto, de la acción. Es decir, que hay o no liberación (podría ser una superstición religiosa) pero no perdemos nada, sino que ganamos mucho. Si viviésemos sabiendo que nuestro yo no existe sustancialmente, sería el punto de partida para solucionar los grandes problemas de la humanidad.

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