1

Muerte, alegría y amor universal. 

Acabo de terminar la obra, “Estar con los que mueren”, creo que es magistral. Te pone en contacto con la muerte, la muerte del otro, la del otro cercano y muy querido y la tuya propia. Es un libro lleno de enseñanzas y vivencias del autor que se dedica al acompañamiento. Es budista, eso no influye en el acompañamiento a nivel doctrinal; sí a nivel de vivencia de la muerte, meditación,…Pero, cualquier otra confesión puede hacer lo mismo. Siempre desde el ámbito de lo Sagrado o lo Espiritual. El ámbito religioso tiene más que ver con lo institucional y el proselitismo que con las propias enseñanzas. 

La religión cristiana está de capa caída en Occidente. Dicen que hay crisis de vocaciones. No. No hay vocaciones porque no hay vivencia de las enseñanzas. No hay ni educación espiritual en la que se ponga en contacto con sus textos sagrados y se analice, se discuta lo que dicen. Y, sobre todo, no hay ni oración (que es la práctica fundamental en el cristianismo), ni devoción a la figura de Jesús de Nazaret, a su madre, a los Santos…por ejemplo, San Francisco de Asís, me parece, un modelo para enfrentar el problema de la relación del hombre con la naturaleza y con los demás. Y en este cambio de consciencia es donde está la clave de afrontar el colapso civilizatorio en el que estamos para poder empezar otro ciclo desde la simplicidad, lo comunitario, lo local, pero lo universal en cuanto a los valores humanos y de las relaciones entre nosotros y con la naturaleza toda. El fin de una civilización no tiene por qué arrojar todo lo que esa civilización ha conquistado y, por suerte, no ha sido poco: en lo ético, en lo político, en lo filosófico, en el arte, el derecho, la ciencia…Otra cosa es que se nos haya ido de las manos. No obstante, no se trata de darse golpes de pecho, “por mi culpa, por mi gran culpa…” que se dice en la Eucaristía. La culpabilidad, el sentimiento de culpa ha destrozado y lo sigue haciendo a gran parte de Occidente, aunque ya sólo sea cristiano de nombre, ni se siente, ni se practica. Pero hay ideas, bueno, todas, pero unas están más activadas que otras, que están en el inconsciente colectivo, como es el caso de la culpa, pero no el de la caridad en tanto que amor fraternal. La culpa es un instrumento de poder. Muy bien lo saben los psicólogos y psiquiatras. La culpa inmoviliza, te lleva a la sumisión y te impide otear el horizonte en busca de nuevas posibilidades de reconstruirte y de perdonarte. Te convierte en un títere, un vasallo. Gran parte de “La servidumbre humana voluntaria” está en el sentimiento de culpa que te sume en el miedo y el miedo en la tristeza. La tristeza, siguiendo a Spinoza, es una de las dos emociones básicas, la otra, su opuesta es la alegría. si lo queremos entender en términos de virtudes, la tristeza genera odio, ira, envidia, celos, mientras que la alegría es Amor incondicional a todo, porque la Alegría es el Amor a la vida, empezando por el amor a sí mismo. El amor propio, que se expresa en el cuidado del cuerpo, la psique y el espíritu. Pero teniendo en cuenta que esas tres dimensiones son un todo, no existen por separado, el cultivo excesivo de una sin las otras produce un desequilibrio. No obstante, todos somos diferentes y tenemos diferentes equilibrios, incluso en las diversas etapas de la vida. La tristeza es inacción o acción contra el otro que, en última instancia, te va carcomiendo. La tristeza es constricción y el origen de todo vicio. La alegría es acción, es expansión, es ver al Amado en todos los seres. Lo universal expresándose en lo particular. La pluralidad dentro de la Unidad. Desde la alegría se ama a todos los seres de forma bondadosa e incondicional, por ser ese ser en concreto y por ser una manifestación del Ser, de lo que hay…es decir, por ser lo mismo que tú. Por eso se dice en los evangelios: “…es necesario morir en el cuerpo para renacer en el Espíritu…”, pero en la sociedad materialista en la que estamos nos encontramos apegados, aferrados al tener cosas, incluso las personas son cosas, las cosificamos. Cuando amamos a alguien, no lo amamos, por eso ese sentimiento de contradicción, de desasosiego, de distorsión de la atención,…en realidad queremos poseerlo. Pero poseerlo proyectando, inconscientemente, claro, nuestras carencias. Es un amor depredador. Lo contrario del amor como “ágape” en griego que es el amor de la madre por su hijo, sobre todo recién nacido. 

No tenía la intención de extenderme en el cristianismo y Spinoza; pero es lo que tiene la vejez; o bien te pierdes en el discurso, o bien, comienzas a encontrar relaciones nunca vistas entre todo lo que has estudiado y vivenciado. Un placer intelectual y espiritual, por cierto. Aunque para el lector pueda ser caótico y anacrónico. Pues bien, sigo un poco con la muerte y el budismo, por ser el autor del libro, budista. El budismo te pone en contacto con la muerte, con tu muerte, física y psíquica a diario. Me refiero a la práctica, no a la religión. Decía el Buda que la única meditación que merece la pena es la de la muerte. Pero meditaciones sobre la muerte hay muchas. Buda se refería a la propia muerte de uno, al proceso físico observable de tu propia muerte, ni si quiera a ese proceso que se supone que vive la Consciencia pura. No, si queremos desasirnos de todo, y eso conlleva después un estado de alegría, amor, perdón y autoperdon impresionantes, hemos de vivenciar lo más profunda y cercanamente posible nuestra muerte. Lo más asequible, y doloroso hasta que comprendemos que somos impermanentes, que en realidad estamos ya muertos, o morimos en cada momento. En todo caso, sabemos el final del cuento, del melodrama que hemos construido de nuestra vida. No hay escapatoria. El final de nuestro cuerpo es su muerte y disolución. Primero envejecemos y somos conscientes de que comienzan limitaciones de todo tipo, físicas, intelectuales, psíquicas,…aparece la inseguridad, el miedo, la soledad, el sentirse abandonado, la pérdida de sentido…y, al fondo la muerte. Hemos acumulado posesiones, amigos,…pero, en la vejez, todo eso se va perdiendo o carece de importancia, o van desapareciendo los amigos y uno no tiene tiempo de ocuparse de los bienes materiales, ni su cuerpo obedece fielmente como lo hiciera antes. Esto es un proceso natural que, si tenemos suerte, lo pasaremos. De lo contrario es que hemos muerto antes. Pero como la muerte es incierta la preparación para la muerte ha de ser constante, continua y ahora. Aún así, el momento de morir es un misterio para todos, nadie ha vuelto de la muerte…hay experiencias cercanas a la muerte, pero eso es otra cosa. Y abrirse a la muerte, no como posibilidad teórica y abstracta, sino como realidad última y definitiva, independientemente de lo que pueda ocurrir después, la muerte física la tenemos todos y la incertidumbre de lo que pueda ser, también. 

La apertura a la muerte es la aceptación con todo tu ser, no de pacotilla, del hecho de la muerte y el momento incierto, lo mismo que el cómo va a morir uno. Pero la atención a la muerte de nuestro cuerpo, observar cómo se va muriendo, como pierde los sentidos, cómo se reseca, cómo pierde la capacidad de pensar, cómo se desconecta de todo lo exterior. Y, si seguimos observando, viéndonos, desde fuera, morir y el proceso posterior, primero comienza la hinchazón, un mundo de bacterias que nos invaden, las moscas de la muerte que se posan encima de nosotros y ponen sus larvas, que después serán los gusanos que nos coman. Esos innumerables insectos de la muerte, en unos cuántos de días, meses, un año, si seguimos observando nuestro cadáver, pues ya sólo queda el esqueleto y poco más, después se irán desquebrajando los ligamentos y los huesos se irán desperdigando, sin orden. Y si seguimos observando con el tiempo, los huesos se hacen polvo. Polvo que se puede llevar el viento, que fermentan la tierra, igual que antes lo hiciera la carne putrefacta. Hasta que no queda nada. Todo se ha disuelto en la naturaleza. Si aceptamos esto porque es inevitable y, lo vivenciamos, entonces desaparece el miedo, la tristeza; porque, en realidad, desaparece el apego al cuerpo. El cuerpo hay que cuidarlo lo mejor que podamos y sepamos y lidiar con nuestras enfermedades, ya sean congénitas o las que se empiezan a acumular en la vejez. Pero si somos capaces de aceptar todo esto lo que experimentamos es una gran alegría, una gran liberación como dije antes. Una alegría que te lleva al amor propio, al amor incondicional y a la compasión por todos los seres. Y, a la acción, para que los demás seres alcancen esta comprensión y cese su sufrimiento, su miedo, su tristeza. Por eso, la espiritualidad del budismo es alegría, es eliminar el sufrimiento. Lo que sucede es que, generalmente, la gente no quiere oír hablar de que la vida es sufrimiento, desasosiego, incertidumbre, miedo, desencanto, enfermedad, vejez y muerte. Y todo esto es inevitable nos pongamos como nos pongamos; pero, como bien dijo Buda, no es necesario sufrir. Hay una salida y es el desapego. Y hay que tener cuidado, el budismo es muy vitalista, hay más de una conexión, casual o no, entre el budismo y Nietzsche. Cuando digo vitalista es que el desapego no es renuncia. La renuncia es represión. Y la sombra no se puede ocultar, siempre va contigo. Si aceptas, el desapego te permitirá disfrutar de la vida y de los otros. Ya no tendrás un miedo irracional y que te anula a la muerte. Ya no hay porqué pensar en ella, en realidad, todos los días has de recordarla y recordar el proceso que hemos descrito, porque el apego al cuerpo es el más fuerte. Nos sentimos identificados con él. Por eso tampoco aceptamos la vejez, porque el cuerpo falla, ya no obedece a tu voluntad, hay una disociación. Pero si aceptas la vejez, es una apertura a la sabiduría que nos llevará hacia la muerte, desasiéndonos de todo y todos, sin dramatismos, con ecuanimidad y aceptación, con agradecimiento de haber tenido esos compañeros de viaje que son tu familia y tus amigos, todo un privilegio. En lugar de tristeza, agradecimiento y la alegría que éste conlleva. Mientras más nos desapeguemos del cuerpo mayor será la alegría, la autenticidad y la inmediatez con la que vivamos. La alegría es nuestro sentimiento básico, el que nos da la vida. Pero lo tenemos bajo un montón de capas de miedo procedentes de nuestros apegos. Si nos desapegamos, sólo hay lugar para la alegría, el amor universal y la compasión por todos los seres sintientes. 

Deja un comentario

Descubre más desde La Gaceta Independiente

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo