Mientras más iba envejeciendo, paradójicamente, más rápido transcurría el tiempo y más recordaba su pasado. Era como si un puente se hubiese tendido entre su infancia y juventud, por un lado, y la vejez por otro, un puente cada vez más estrecho, pero también muy transitado por sus recuerdos.
Y no eran solo recuerdos de acontecimientos, personas, conversaciones, anécdotas, momentos señalados de la vida de cualquiera… No solo eso. Había algo más: una inmediatez en la comprensión del mundo y de sí mismo. Como si, a ráfagas, le llegase —desde el fondo de su Ser— un conocimiento limpio, puro, luminoso y nuevo. Aunque forjado, sin duda, en la red tejida a lo largo de años de estudio y reflexión.
Pero imaginaba —y no se equivocaba— que incluso quienes no han dedicado su vida al conocimiento también experimentan algo similar: una omnicomprensión, a su medida, claro está.
Era como si aquello que con tanto ahínco y fervor se busca en la juventud y en la madurez emergiera, al fin, en la vejez. De forma pausada, sintética, sin aspavientos, con naturalidad. Y, a la vez, mostrando que nada era para tanto. Comprendía entonces que había vivido muy apresuradamente, corriendo detrás de un tren al que nunca iba a dar alcance. Pero que, al final, sorprendentemente, se encontraba ya acomodado en ese tren, vuelto de espaldas al futuro y viendo cómo este se convierte, siempre, inexorablemente, en pasado.
Y que, en el fondo, todo es igual. Que lo único que nos salva es la honestidad y la honradez. Y que la verdad es, precisamente, esa verdad ética.
Y así, le daba por imaginar cómo reposaría su cabeza por última vez: sin prisas, sin precipitación. Porque siempre había sido igual: no había un sitio adonde ir, salvo este. Lo que sí cambia —rumiaba— es cómo llegan unos y otros, y cómo será el último aliento de cada cual: como un relajarse y soltarlo todo, o crispado, queriendo aferrarse a lo que nunca has poseído… sino que, en verdad, te ha poseído.
