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Día de los difuntos, un recordatorio de que todos vamos a morir

Ha sido el día de los muertos o de los difuntos, como prefiráis. Un recordatorio de que todos vamos a morir. Pero no es un recordatorio de nuestros difuntos y de nuestra propia muerte. Recordar a nuestros difuntos es honrarlos y agradecerles. Somos por que ellos fueron.

En realidad, somos porque todo lo que es, es o ha sido. Pero, el día de los muertos, en tanto que a lo que a los vivos nos concierne, es recordarnos qué es lo que somos, quién soy yo. Evidentemente el recuerdo de mi futura muerte cambia la perspectiva de mi vida o, mejor, de la vida. En realidad, la muerte, en tanto que inevitable e incierto el momento, es lo único que nos puede ayudar a vivir con autenticidad, con alegría y plenitud. Tanto la alegría como, la plenitud, no vienen de fuera; sino de dentro. La alegría que procede de fuera, de un reconocimiento, incluso de un gran amor, a no ser que sea el amor incondicional de uno mismo -la alegría de vivir, el agradecimiento desinteresado e incondicional a todo aquello que hace posible tu existencia- es una alegría fugaz, impermanente, pasajera, que te llena, pero deja un vacío. La alegría que nace del interior es, por el contrario, plenitud. El reconocimiento social, vivir para ello, es muy peligroso porque es un bucle de insatisfacción que se retroalimenta. Por eso decía Diógenes el perro: “Prefiero la compañía de los cuervos a la de los aduladores. Porque los cuervos devoran a los muertos, pero los aduladores, a los vivos”.

La muerte, entonces, es la vara de medir que tenemos todos. Si miramos a la muerte superando la angustia, lo cual implica autodisolución, desapego, podemos entrever qué o quiénes somos de verdad. El sentido de nuestra vida, hagamos lo que hagamos, nos dediquemos a lo que nos dediquemos, procederá de nuestro interior y una persona con sentido, que ha dado sentido a su vida, es indestructible y vive de un manantial que no se agota que es la VIDA, no de reconocimientos, ni nada que proceda del exterior (al final todos moriremos solos y sin nada, absolutamente despojado de todo lo que creíamos ser,…) que sólo crean desasosiego, incertidumbre, infelicidad.

El día de los muertos nos recuerda a nuestros difuntos para AGRADECER y a nuestra propia muerte, para aprender a vivir e introducirse en el goce y la alegría de la VIDA, que es, paradójicamente, un olvido de sí (todo aquello que crees ser, pero no son más que máscaras, personajes, teatro, sueños, vanidad de vanidades, vacuidad).

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