Artículo de opinión de Diego Carrillo Cadenas
En el solar donde se va a construir la nueva biblioteca municipal había un pino majestuoso, frondoso y singular. Un árbol imponente que daba sombra, vida y refugio a muchos pajarillos, y que formaba parte del paisaje y la memoria del barrio.
Me gustaría pensar que, durante la fase de diseño del proyecto, se valoró la posibilidad de conservarlo. Hoy en día existen soluciones arquitectónicas que permiten integrar árboles de gran porte en edificios públicos: patios interiores, corredores abiertos, espacios de transición que respetan la vegetación preexistente. Muchas ciudades apuestan por ello, conscientes de que la cultura y la naturaleza no solo pueden convivir, sino que deben hacerlo.


Creo firmemente que la cultura no debe estar reñida con la defensa de la naturaleza. La pérdida de este pino debería invitarnos a reflexionar sobre cómo queremos construir nuestro pueblo y qué lugar damos a los seres vivos que ya estaban aquí.
Temo que la decisión estaba tomada ya de antemano en los despachos, ya se sabe, «cortar por lo sano». Costumbre generalizada y «normalizada» en este país. Además, hay otro precedente reciente: el de la destrucción de la Palmera sana y exuberante en el recinto de la Policía Municipal para ganar … dos plazas de aparcamiento (!).

