Entonces, se habla cuando se pueda y, mientras tanto, se guarda silencio. La cuestión es la de saber cuando se puede hablar y a qué nos referimos con poder hablar. Si seguimos a Wittgenstein está claro. Porque el decir y el hablar es algo objetivo. Ahora bien, si introducimos el factor subjetivo; o, simplemente, el psicológico, ya no es lo mismo. Parece como si dijésemos que no hablamos porque no merece la pena, no porque no se pueda objetivamente.
Habría que crear las condiciones de posibilidad para que todos puedan acceder a aquello de lo que se puede hablar y de lo que no se puede hablar. Y ése es el Logos, la racionalidad. Que podamos hablar, no quiere decir que estemos de acuerdo o no. Sino que hay unas reglas del juego para hablar que son comunes.
La posverdad ha roto las reglas del juego y, es más, se las va inventando sobre la marcha. Más aún, se inventa hasta el propio juego que es el cómo vemos lo real; es decir, lo que llamamos realidad. Porque hay una confusión de fondo. De ahí la sentencia de Wittgenstein. Y es confundir lo que se dice con la realidad. No, la realidad está más allá de lo que se dice. Es más, no se puede decir, es inefable, luego hay que callar. Pero, bajo ciertas reglas del juego sí podemos hablar y aproximarnos desde el decir. Pero el decir no es lo dicho, ni si quiera es un señalar. Señalar lo real es lo que hace el arte o la mística. Pero el arte y la mística están fuera de lo que se puede decir. Es lo que puede mostrar. Lo real, se muestra, el sentido del mundo, de la vida, la ética, la muerte…se pueden mostrar, pero no decir.
Y aquí es donde introduzco el factor subjetivo y psicológico (me refiero al carácter, personalidad, temperamento que tiene el que habla). Dadas las circunstancias expuestas más arriba de confusión entre el decir y el ser y, más aún, las circunstancias de la creación de las leyes del juego y del propio juego, que se traduce en poder y fuerza, entonces es cuando uno, por su propia parte, decide que quizás, mejor es callar. Incluso ese silencio produce menos alboroto y violencia en el mundo.
Porque lo que se dice siempre se ve de tal forma que es un malentendido, entonces se toma como un ataque o, simplemente, es objeto de burla. En cualquier caso, parece que aumenta el nivel de violencia, rudo y barullo que hay en el mundo.
Ya no estamos, ni si quiera en la pregunta ética kantiana: ¿Qué debo hacer?; sino en otra previa: ¿Guardo silencio y me autoexcluyo? Porque, claro, tanta estupidez, tanta violencia, tanta supuesta verdad que se enfrenta a otra verdad; en realidad, un poder con otro poder, pues mejor el silencio por el bien de todos. La estupidez nos ha arrasado, como sugiere el tango Cambalache.
Además, cuando se habla, hay una huida de lo que se dice; porque cuando uno insinúa caminos hacia el conocimiento, se le ven las orejas al lobo y uno es acusado de agorero, cuando, uno es feliz, tranquilo, sereno y sólo quiere el bien, la felicidad de todos los seres. Pero cuando se quiere hablar se es rechazado como la peste. La gente mora en la superficie sin saber que caminan por encima de la tapa del ataúd.
Son muchos, a lo largo de toda la Historia, a los que este motivo les obligó a alejarse de la humanidad por amor a ella y muchos que se quedaron y que acabaron torturados o sentenciados a la muerte más horrenda, por lo mismo. Por pura fraternidad.
Lo que cuento no es nuevo, entonces, lo que sucede es que hoy el clima de confusión, de sensación de final, de colapso, de artificialidad, de caer en la cuenta de que vivimos en un engaño inmenso, pero que negamos porque no lo soportamos. La verdad, simplemente, nos cegaría. Y la verdad no me refiero a una nueva verdad que nos redima, no, me refiero a la verdad de que vivimos fuera de la verdad, engañados como si fuera verdad, esclavos, como si fuéramos libres y así… En Oriente, en la India, tienen una idea para esto. Estamos al final de un ciclo que ha ido degenerando Kali Yuga, que anuncia la muerte y la aniquilación. El triunfo del mal. Pero, paradójicamente, cuando las puertas del infierno se abren, también lo hacen las del cielo. Es decir, hoy, más que nunca, buscamos un sentido, otra forma de vivir. Una salida digna y verdaderamente humana…
