Perdonar es perdonarse. Perdonar es abrirse a través del otro hacia nuestro interior y ver los demonios que tenemos dentro. Perdonar es sanar la herida, a través de dejarla al aire libre, que se vea y la pueda ver yo. Perdonar es amar incondicionalmente al otro y reconocerme a través de él. Perdonar es sanar. Cuando uno juzga piensa desde el egocentrismo y no puede nunca perdonar. Cuando uno no juzga es capaz de mirar a los demás y al otro desde la propia vulnerabilidad humana y reconocerse plenamente en ella. Y eso es abandonar la idea de ser un yo. Cuando no eres un yo, sino que comprendes la vacuidad solo cabe ser en relación, insustancial, codependiente. Sin la idea de ser un yo al que se le puede dañar, ni si quiera uno ha de perdonar y perdonarse. Pero podemos hacer el viaje a través de la compasión y autocompasión, por el perdón, el agradecimiento,… o por la vía de la sabiduría. Sea como sea, ambos caminos son expresiones de lo mismo. La ventaja del camino de la compasión es que mejora el comportamiento ético y que es una vía de sanación gradual. La de la sabiduría puede ser rápida, o no. Pero, en todo caso, es directa. Pero la comprensión de la vacuidad, la impermanencia y el no-yo se transforma en el samsara, que es nirvana, en acción compasiva.
El hijo pródigo de Rembrandt
