Es bien conocida entre los lectores de Jorge Riechmann la metáfora del Titanic. En realidad, esta metáfora surge de otra y es la de frenar el tren de la Historia o el Progreso de Walter Benjamin. Éste último venía a decir que, si no tirábamos del freno del tren del Progreso económico ilimitado, de ninguna manera podríamos sobrevivir. El tren caería por el precipicio. Es decir, los límites del crecimiento. Y esto implicaría el fin de la civilización y, posiblemente, el del hombre con cientos de miles de especies más. Es decir, seres sintientes, como los homo sapiens. Todos somos animales. Jorge Riechmann, hubo un tiempo en el que fue optimista, en la medida en la que se podía ser. Hoy ya no lo es, pero es tremendamente vital y no ha tirado la toalla del activismo y el estudio: ecológico, económico, sociológico, filosófico,… del problemón, o colapso, en el que nos hemos metido.
Y es en este contexto en el que desarrolla su hipótesis del hundimiento del Titanic. Es fácil de exponer, pero explicarla necesitaría tiempo. En fin, la cuestión es que el barco se hunde inevitablemente. El barco es nuestra civilización, que no el mundo, es el Titanic. Pero ante esa fatalidad hay muchas actitudes. Y es aquí donde surge el activismo de Riechmann, el hecho de que siga en la brecha y nos siga animando a todos, a pesar de su planteamiento de la inevitabilidad del hundimiento del barco. Por ejemplo, la posición más extrema. Podemos quedarnos como los músicos del Titanic, seguir tocando. Esto es, seguir a lo nuestro como si la cosa no fuese con nosotros. Obviamente llega el momento en el que son engullidos por las frías aguas del Atlántico Norte. No han hecho nada por ellos, ni por los demás. En realidad, su no hacer es un contribuir al hundimiento, que es lo que mayoritariamente se hace. Otros huyen a la desesperada, presos del pánico, y arrastrados por el instinto de supervivencia arrollan a los más débiles o los tiran de los botes salvavidas. Estos están en un estado de consciencia egocéntrico. Si sobreviven y fundan otra sociedad, pues estaríamos en las mismas que ahora. No hemos pasado este estadio de consciencia a nivel histórico. Individualmente, sí, hace miles de años que hay personas que han alcanzado niveles de consciencia ética muy elevados y han sido maestros, poco escuchados, eso sí, de la humanidad. Hay otros que avisaron de los peligros antes de zarpar el barco y una vez en la mar. Estos son los cautos, precavidos, piensan en el peligro y en los demás. No se dejan seducir por el Progreso, aunque aceptan las grandes ventajas de la tecnociencia, pero los valores humanos están por delante. (Este debate se plantea actualmente con la IA). Estos, si son lo suficientemente comprometidos, que ya de por sí, lo son, pues, antes de huir a la desesperada intentan salvar al número máximo de personas, los símbolos importantes del barco (la cultura, la ciencia, el arte, la filosofía,…) y, muy importante, liberan a los viajeros de tercera clase que estaban en la parte más baja del barco y sus accesos estaban cerrados con cancelas. Es decir, se ocupan de los miserables, hambrientos, desheredados, pobres, escoria de la sociedad, inmigrantes,… Y esto es un gran valor humano, porque el que hace esto considera al otro, sea quien sea: el rico, el músico, el farsante, el pobre, el egoísta, el sabio,…como iguales. Todos somos iguales: todos sufrimos y todos ansiamos ser felices o vernos libres del sufrimiento, que viene a ser casi lo mismo.
Si adoptamos este último papel, necesitamos compromiso. El barco se hunde inevitablemente, la civilización está colapsando, no es algo por venir, está ocurriendo. Hay que decirlo y explicarlo y hay que proponer un nuevo modo de civilización. Un modelo no capitalista que considere los límites del crecimiento y que considere al hombre un ser de la biosfera. Acabar con el biocentrismo y el patriarcado para instaurar un biocentrismo, o, más allá, un cosmocentrismo (no somos más que polvo de estrellas y cuando muramos volveremos a ellas). Hay que crear una nueva ética. Una ética biocéntrica que respete toda forma de vida y no considere una vida por encima de otra. La biosfera no está para nuestra explotación, sino para nuestro cuidado, como la flor de El Principito. Somos los que cuidamos a los demás seres. Lo importante no es tener, sino Ser. Los valores culturales y humanos no son costosos, la contemplación de una puesta de sol no cuesta nada, pero vale incalculablemente. La amistad es el mejor de los bienes, el mayor regalo que nos ha hecho la naturaleza. De ahí el agradecimiento a todo y a todos. No somos sin los otros. Y no somos consciente de ello. Solemos ser egoístas y desagradecidos por mera ignorancia o inconsciencia. La nueva ética aporta estos valores, que son naturales, la austeridad, que no el ascetismo. Se necesita muy poco para vivir y ser feliz. El tener no nos hace feliz, todo lo contrario, acelera la maquinaria del deseo y de ahí surge el sufrimiento, la insatisfacción, los celos, la envidia, el odio y, al final la violencia. El nuevo ciudadano es como el hijo pródigo, en cierta medida, ha aprendido que el orgullo, la soberbia, la prepotencia, no le llevan a ninguna parte. La economía ha de ser doméstica, es decir, meramente organizativa, no especulativa inspirada en el crecimiento. Todo ello implicaría un inmenso decrecimiento y una relocalización, frente a la globalización. Viajar donde nos lleven nuestros pies, nuestro motor, el corazón, eso que se viene haciendo ahora de viajar por el mero hecho de viajar, es destruir sin moverse del sitio. Viajar transforma por dentro. Si el viaje no nos transforma, que es el caso generalizado del turismo, pues es destruir el planeta y huir de nosotros mismos sin realidad transformarnos, crecer. En fin, habría muchas cosas que contar sobre las implicaciones de esta metáfora, pero me siento al lado de Riechmann en su inseparable teoría y acción.
