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El abismo tras la muerte de Dios

La muerte de Dios nos deja frente al horizonte desnudo: sin trascendencia, sin referencia última. El hombre, animal del sentido, queda entonces arrojado al abismo de la libertad, acompañado por la angustia de la muerte y la tentación de sustituir a Dios por falsos absolutos: mercado, consumo, ideologías, placeres. Todos ellos terminan dominándonos.

Pero la ausencia de Dios no es sólo pérdida, también es posibilidad. La salida no está en inventar nuevos ídolos, sino en autotrascenderse: comprender y superar el yo, abrir la conciencia hacia lo transpersonal y lo universal. Trascender el egocentrismo es liberar una conciencia más amplia, donde el vacío no es nada muerto, sino plenitud de ser y no ser, de impermanencia y creación continua.

De esta autotrascendencia brotan valores nuevos: compasión, cuidado, humildad. No son relatos impuestos, sino frutos de una conciencia que ya no se aferra a identidades rígidas. Así, el nihilismo se convierte en semilla: al soportar la angustia del no-ser, descubrimos que somos parte de la creación continua. El Tao innombrable, el nirvana en el samsara, el espacio entre yo y otro: ahí florece un sentido más hondo.

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