Un niño deambula por la calle, con el aburrimiento y el calor del verano encima. Va dando patadas a una piedra. En aquel tiempo no hay móviles. Ni siquiera están asfaltadas las calles. El bochorno flota en su deambular y en su aburrimiento. Pero ese aburrimiento es placentero. Le hace olvidar el calor, el bochorno implacable, y se funde con el chirriar de las chicharras, formando un todo indiferenciado.
Es por la tarde. El sol comienza a caer. La calima se extiende en el horizonte, como si la atmósfera pesara sobre sus hombros, que por la mañana eran saltarines. Mira al cielo y piensa… si es que un niño piensa. Más bien piensa y siente. Está en la edad de comenzar a separarse del mundo para entrar en ese artificio humano que emana del lenguaje. Pero no hay salida posible, porque el lenguaje es creación del hombre y, aunque lo llamemos artificial, no deja de ser Mundo, Ser.
Lo que ocurre es que el lenguaje nos confunde. El niño, con cada patada a la piedra —que lleva como si fuera un balón— va dando un nombre, va pensando. Va creando las diferencias. La Diferencia. La separación. Pero es una separación artificial, una ficción.
Poco a poco, llega la noche. Comienza a refrescar. Las calles apenas tienen luz. La piedra ya casi no se distingue. Todo cae bajo una neblina que, muy lentamente, se va volviendo oscuridad. Es hora de volver a casa. A lo indiferenciado, lo indeterminado. Al abrazo de tu Madre: guardiana y acogedora.
