Cuando hablamos de libertad no debemos olvidar que ésta pasa por el conocimiento. El problema de hoy en día, por mencionar uno de cientos, es que el conocimiento primero se relativizó, lo cual, en parte, estaba bien, porque se elimina el dogmatismo. Ahora bien, lo que ocurrió es que esa relativización equiparó el conocimiento bien fundado con la opinión subjetiva no basada en ningún tipo de estudio y fundamentación. Todo se convirtió en opinión y opinable (no todo es opinable; por ejemplo, maltratar a tu hijo o a cualquier persona, no es objeto de opinión. Es un hecho deleznable y punto.) Esto dio lugar a que todo se reducía a opinión y a que todas las opiniones son equivalentes y, para más inri, se confundió el respeto a las personas con el respeto a las opiniones. Con lo cual uno se veía obligado a respetar cualquier opinión que se le pasase a alguien por la cabeza sobre algo, incluso sobre lo que no se puede opinar.
Claro, esto trajo un vacío de conocimiento y de sentido; además, de pérdida de la libertad. Porque la libertad surge del conocimiento y lo meramente opinable está hundido en la ignorancia. Del respeto a la ignorancia surge la prepotencia y de ésta, el poder del más fuerte y el “cinismo” político. Por otro lado, la profundización en este relativismo dio lugar a la eliminación de cualquier discurso o narrativa sobre la “realidad” natural y humana. Así nos adentrábamos en el mundo de la posverdad. La posverdad que, curiosamente es la verdad. Y donde no hay verdad hay un ansia de verdad. Un vacío existencial que pide a gritos ser llenado y ahí aparecen las nuevas tecnologías y la IA, que vienen a sustituir las viejas creencias y dogmas, por otros nuevos. En todo caso, por muy modernos que nos sintamos, por mucho progreso que creemos haber hecho, pues resulta que no hemos salido de la ignorancia y, como tal, seguimos siendo siervos, pero, además, voluntariamente. Mientras no recuperemos a Sócrates y su autoconocimiento como liberación, seguiremos siendo esclavos de nuestra ignorancia y de nuestras pasiones, que tienen su origen, aunque no se reducen, en la ignorancia (y esto lo explica muy bien uno de los hombres más libres que ha habido, Spinoza, aunque, aparentemente, fuese un esclavo porque fue expulsado de toda comunidad; incluso de su tumba, que fue profanada al cuarto día de su entierro y aún no se sabe dónde está el cadáver (los restos) del filósofo de la Libertad. En conclusión, debemos decir que nuestra transformación interior es nuestra liberación. Que nuestra libertad no procede del exterior, sino de nosotros mismos y está en el conocimiento, en la salida del estado de ignorancia. Olvidémonos de que la libertad nos la va a dar la política. Sólo la política surgida de hombres libres puede garantizar la libertad. Pero hoy en día la política también está sumida en la ignorancia y obedece al poder del capital; que, por otra parte, tiene dueños. No es algo autónomo que se rige por leyes naturales; como nos hacen pensar los economistas y políticos ultraliberales o, mejor, ultracapitalistas. Lo de liberal es una palabra que ha sido mancillada políticamente y se ha confundido con la defensa del capitalismo, de la ley del más fuerte, la ultracompetencia, la confusión de evolución con la lucha; cuando la evolución es cooperación, simbiosis, en términos generales. En fin, que si queremos salir del agujero lo tendremos que hacer con nuestro propio esfuerzo. Olvidemos a los salvadores, redentores y mesías del Progreso.
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Hoy es el aniversario de la muerte de Spinoza. Un defensor de la tolerancia y la libertad política que, lógicamente, fue perseguido por tirios y troyanos. Es lo que suele pasar. Spinoza tiene mucho que enseñarnos hoy en día. Porque el aprendizaje de la libertad es un cultivo de uno mismo. No lo garantiza la llamada democracia, de la que habría que hablar mucho; o poco, según se mire. Basta con decir que no hay democracia, que es un fraude. Que no existe la libertad política, que es una ilusión y que vivimos en un totalitarismo que lo ignoramos consciente -lo cual tiene delito- o inconscientemente. Pero lo segundo, con los medios de “información” que dicen que tenemos es fruto de la pereza o la falta de tiempo y el cansancio por la explotación laboral existente. Ahora bien, esa explotación existe porque la consentimos; luego, somos responsables. En suma, no hay democracia, sino una plutocracia partitocrática. Y ese poder de los ricos, la plutocracia, está por encima del bien y del mal. Y es mucho el mal que ha producido en todo el mundo: guerras, colonialismos, dejadez del pobre, instigación a la violencia que, en algunos casos, termina en genocidio… Lo de los partidos políticos es el engaño, la ilusión de que vivimos en democracia. Los partidos no son democráticos, no se puede pensar libremente dentro de un partido. Existe esa contradicción de la disciplina de voto. Por otro lado, los partidos políticos son representantes de un mismo orden establecido o, sistema, del que no podemos salirnos. En consecuencia, votar es consentir la plutocracia. Participar en el totalitarismo globalizado en el que vivimos. Por todo esto, y mucho más, Spinoza nos es muy necesario hoy en día. Sirvan estas palabras como una continuación de su legado. De su defensa incansable de la libertad y la tolerancia, de sus ideales cosmopolitas, como buen estoico, de su prudencia biográfica, “caute”, precaución. Nos enseña que no hay que ser un exaltado para ser un radical (el que va a la raíz de los asuntos, no el extremista. Éste es un dogmático y un fanático. Cuidado que los medios de desinformación confunden estos términos y, cuando uno utiliza la palabra radical ha de aclarar qué es ser un radical.) En ese sentido, un filósofo, o es radical o no es filósofo. El filósofo es un buscador, un estudioso; lo pone todo entre paréntesis, por eso puede descubrir los engaños y alimentar, como lo hiciera Spinoza, el deseo de realización de la Justicia y la Libertad.

