En una sociedad enloquecida, literalmente, con una visión de lo que le rodea absolutamente distorsionada. Con un Dios, trinitario, como todos: el mercado, el consumo, el deseo; es decir: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Además, están puestos correlativamente porque tienen el mismo significado. Que el Dios Uno y Trino del cristianismo. Pero no nos vamos a parar aquí, que es algo que se me ha ocurrido ahora y no sé dónde nos llevaría, si es que nos lleva a alguna parte.
Bien, en una sociedad enloquecida distorsionada que ha endiosado a la tecnociencia (está dentro del Mercado) y que todo se ve desde esas anteojeras; pues la primera enfermedad y distorsión es esa. La sociedad comenzó su periplo de caída, paradójicamente, en el Renacimiento. Y no por lo que el Renacimiento pudo producir, que todo fue una maravilla: el arte, la reforma religiosa, el surgimiento de la ciencia, el humanismo, eliminación del teocentrismo, el comienzo del paulatino proceso de secularización, la pintura, la arquitectura, la música con su apogeo en el Barroco, como la literatura tiene su culminación en el siglo de oro español y no volverá a haber algo, mínimamente semejante, hasta la literatura Rusa del XIX, junto con algunos autores prusianos: Hölderlin, Goethe,… También están los franceses, con su apogeo en el XVIII. Pero de esto tampoco vamos a hablar, para empezar, es que lo desconozco, fui un gran lector de literatura hasta los treinta y cinco años, desde entonces sólo esporádicamente.
Pues lo que va surgiendo del Renacimiento, se me ha olvidado hablar de las nuevas ideas que trae la Filosofía, ideas que encendieron más de una hoguera, literalmente, como fue el caso de mis apreciados Nicolás de Cusa y Geordano Bruno. Por cierto, si la actitud ante la ciencia, el mundo y el hombre fuesen la de estos dos señores, no la del arrogante Francis Bacon, pues no estaría escribiendo esta cuasinecrológica de la civilización que se derrumba. También están las ideas políticas: Mquiavelo y el realismo político. Y el nacimiento del sujeto en los ensayos de Montaigne y su querido amigo La Boétie. En fin, cientos de logros que, por supuesto, no nacen de la nada, sino que tienen sus orígenes en el mundo griego y más allá; porque la filosofía, la ciencia, no comienzan eliminando al mito como un cuento para niños, como una mentira útil y necesaria, como una forma primitiva de dar sentido. No, las cosas son más complejas. La mirada de la sociedad actual está distorsionada y pervertida por el MITO del Progreso y de la Ciencia como nueva redentora, mejor Tecnociencia. Claro, nadie entiende, porque sus anteojeras sociales no se lo permiten, ver que el Progreso es un mito que hunde sus raíces más cercanas en el cristianismo, pero nos podemos remontar, junto con el judaísmo, 5.000 años atrás. Y los judíos no fueron muy creadores que digamos (Babilonia y Egipto, ahí encontramos sus raíces. ¿Qué eran sino Moisés y su hermano?). Claro, como la tecnociencia nos promete, de forma infundada, esto si que es un discurso para niños; o bien para confortar, o bien para asustar basándose en el miedo, la felicidad y la eliminación del dolor, el sufrimiento y, en última instancia, la muerte; pues a ver quien es el listo que se quita esas gafas de ilusión óptica (perturbación cognitiva) o las anteojeras del burro para que no deje de dar vueltas a la noria: obediencia, sumisión, explotación. Nosotros somos ese burro.
No es que lo que se inició en el Renacimiento, con su apogeo en la Ilustración y expresado en la Revolución Francesa fuese un mal, un producto del maligno. No, es que, como he señalado muchas veces, el hombre es un animal cultural. Y lo cultural no es un adjetivo de animal; sino que ambos lo definen esencialmente. Y esto quiere decir que la cultura (la razón, la ciencia, la economía, la política,…) producen un cambio en la forma de vivir, un cambio sustancial y que afecta a una modificación de nuestra propia biología. El cerebro de los adolescentes de hoy no tiene nada que ver con el de los que andan por los 50 o 60 años. Las diferentes actividades, interacciones con los demás y el medio han producido rutas, incluso estructuras, neuronales nuevas o distintas. Y, atención, el mundo que vemos está en el cerebro que es el que gestiona la información (ondas electromagnéticas) según su propia estructura evolutiva psicobiológica y según las ideas, costumbres, hábitos heredados culturalmente; produciéndose una fusión, literalmente inseparable.
Pues bien, es nuestra forma de ver la razón y su máximo producto: la Ciencia, con su fiel servidora: la Tecnología, la que se ha convertido en anteojeras. La razón se endiosó, nada más triunfar la Revolución Francesa en su propio nombre. El poder no se basó en la razón, sino en el miedo, la época del terror. Y no fue para el pueblo, sino que acabó en manos de un autoproclamado Emperador, el cabo Napoleón Bonaparte. Y aquí empieza la perversión de la razón política. La razón expulsa a todos los discursos y los tacha de supersticiosos o, todo lo más, precursores de la razón científica, como la Filosofía (Comte y su delirio sociológico autoproclamado como religión. Lo curioso es que aún hoy en día seguimos a este delirio. Esto ya es una venda que nos ciega; las anteojeras se han cerrado sobre sí mismas), y aparecen las ideologías políticas acompañando al surgimiento de la revolución industrial (el Progreso, que hacina a los hombres en zonas infectas, los hace trabajar desde niños hasta la extenuación, el campo se abandona, las redes familiares y sociales se comienzan a deteriorar hasta el momento en que ya, prácticamente, no existen: te haces viejo y te cuidan extraños, extraños son también los que te cuidan en el hospital en tus últimos momentos, los más importantes. Te mueres sólo y, con suerte, con algún familiar. Se encargan de tu cuerpo otros extraños, no vuelves a casa, sino a un aséptico tanatorio en el que te exponen tras una cristalera. Por lo general, cada vez es más acostumbrado cerrar el ataúd, o correr una cortina para que el muerto, LA MUERTE, no se vea. Esto es el Progreso. Además, probablemente te mueres por enfermedades de la civilización. Y cuando te mueres de viejo, pues, como hay que etiquetar todo, pues hay que poner algo en el informe de defunción. Es decir, que ya no hay muerte natural o que el proceso de vejez, enfermedad y muerte se ha desnaturalizado) ¿Esto es Progreso?, sí, claro, hay medicamentos que te quitan el dolor, hay sedación, de la cual se abusa y el moribundo no es consciente de su propia muerte, se la pierde, digamos, se alarga la vida, claro, también el sufrimiento porque uno se deteriora más y se hace dependiente, no tiene autonomía sobre su enfermedad y su muerte. Lo delega todo en manos del médico. Otro diocesillo que dispone a su antojo y pretende tener un saber absoluto, como antes la iglesia. Nuevos redentores con sotana blanca. Son graciosos, tampoco ven la muerte, salvo en los datos objetivos. Entran en la habitación de un moribundo (cuidado que son generalizaciones lo que hago cuando hablo de profesiones, no de todos los individuos) y le preguntan, ¿qué tal estamos hoy? Joder, pues no ves que me estoy muriendo, que soy ya alguien en “fase terminal” (la neolengua). Uno enferma, pero no se vuelve tonto de repente, o si es el caso es porque lo vuelven. Esto interfiere también en el proceso de morir. Gran Progreso. El hombre se ha vuelto unidimensional, como dijera Marcuse, cuando hay muchas dimensiones y muchos mundos en este mundo. La razón se ha hecho objetiva e instrumental.
La revolución industrial, además de esclavitud, mecanización, explotación de nuestra casa común, la Tierra, por eso no tiene dueño, aunque se hayan adueñado, trajo riqueza. Eso sí, para los ricos de siempre. Desde entonces para acá, a nivel global, no de los países explotadores y colonialistas que sacaban la materia prima de su “Progreso” del dominio y la esclavitud de países enteros, los índices de desigualdad han aumentado. Como bien decía Marx, una de las pocas cosas en las que acierta: “Cada vez hay menos ricos que son más ricos y más pobres que son más pobres”.
Cuando comienza a emerger la riqueza a costa de explotación y esclavitud, pues la tecnociencia es absorbida por el poder político y económico. Ya tiene un dueño como Dios manda, no un mecenas que le deja hacer. La fase heroica de la Ciencia se ha terminado. Ahora empieza la Gran Ciencia. El punto de partida: el Proyecto Manhattan.
Pues bien, comenzábamos diciendo que la sociedad está enferma y tiene una visión distorsionada de todo: de sí mismo, de la propia sociedad, del mundo, del universo,…). Tiene una visión plana. A nosotros me refiero, no vemos más que el mundo que se nos presenta. Es aquella famosa frase de Matrix: “Bienvenido al desierto de lo real”. Pero Morfeo ya está despierto, no existe la ficción que crea Matrix, Neo lo acaba de descubrir tras un acto de libertad que ha tenido que superar el miedo. No es correcto, entonces, decir que la sociedad está enferma. Nosotros hemos construido esa sociedad y esa sociedad nos enferma. Nos hace sufrir somáticamente y, sobre todo, psicológicamente. El paciente-cliente va al psicólogo porque está mal, sufre (no estamos hablando de patologías mayores con una base somática; que, por cierto, no son tantas. Ver Hiperia del psiquiatra Javier Álvarez), pero si sus circunstancias sociales cambiaran, lo dejasen ser, fuera libre y autónomo, pues no necesitaría ni psicólogo, ni autoayuda, ni nada. El paciente-cliente va al psicólogo porque sufre al ser más inteligente de la cuenta y no querer formar parte del engranaje. No querer ser una piedra más en el muro.
La psicología carga con el peso de los “daños colaterales”, otro neologismo, daños auténticos y directos, del mal funcionamiento de el monstruo que hemos creado y alimentamos. El paciente-cliente va al psicólogo a que le de la receta, a que lo arreglen, como si fuésemos máquinas, pero eso es lo que dice el paradigma. Muchas veces, o siempre, claro, hasta un límite, el sufrimiento es necesario, porque el sufrimiento es lo que te hace ver, crecer y ampliar tu consciencia. Pero eso no se hace con un parche psicológico, sino con una deconstrucción del yo con la ayuda del que sabe hacer esto (algunos psicólogos, sí), Sócrates lo hacía mejor, claro. Una deconstrucción del yo conlleva un cuestionamiento de la identidad y de la sociedad, una pérdida de sentido para volver a buscar el sentido. Pero, claro, tanto el paciente-cliente, como el profesional, tienen las anteojeras puestas de cómo funciona la psique y hasta dónde hay que llegar. Particularmente, la psicología, por un lado, ha crecido hacia el ámbito existencial, en un sentido profundo, no la existencia normalizada, sino la que se cuestiona a sí mismo. Lo cual es un gran enriquecimiento. Pero, por otra parte, mira todas las dimensiones de la consciencia desde lo meramente psicológico, o lo que el patrón psicológico le dice que debe hacer. Nos pasa a todos. Somos ingenieros y creemos que somos ingenieros antes que personas, ya lo decía Unamuno: “Si un filósofo es un filósofo antes que una persona, entonces es un garabato, un remedo de hombre”. Es un reduccionismo, que es lo mismo que unas anteojeras. Claro, lo del psicólogo es un reduccionismo muy importante, porque no ve al paciente-cliente (ya el nombre y no ser capaz de encontrar otro, dice mucho) como una persona multidimensional; sino como una persona (el buen psicólogo) que para sanar debe cumplir una serie de cánones cognitivos, conductuales (independientemente de las terapias de nueva generación) que se adapten a la sociedad y, curación, ya no sufre. No, así no va la cosa. Somos mucho más, infinitamente más de lo que el psicólogo piensa, o, peor aún, el psiquiatra. Este ejemplo que he puesto sobre la psicología vale para todo, pero muy en especial para lo que está ocurriendo con la salud mental. Lo que he apuntado sobre la Psicología es sólo, eso, un apunte que, por lo demás, habría que desarrollar especificando, porque he hablado de una forma generalista para mostrar mi tesis. Para un funcionamiento más detallado de la Psicología “como ciencia”, cosa cuestionable, lo cual no es problema; sino, tal vez, la resolución de múltiples problemas. También el papel que juega en las ciencias de la salud, su supeditación a la Psiquiatría, casi de forma absoluta biologicista. Los psiquiatras abandonaron en bandada la psicoterapia con la aparición de fármacos modificadores de la consciencia y vieron como un cuento la gran labor de Freud, por ejemplo. Y no digamos del médico Psiquiatra Jung; éste es poco menos que un loco. Pues ambos, además de revolucionar la ciencia, de ser creadores de nuevos conceptos e instrumentos de análisis de la psique; fueron interdisciplinarios. Pusieron en juego a la Medicina con la Filosofía y la Psicología, con la Antropología física y cultural, Arqueología, Mitología y estudios de tradiciones absolutamente ignoradas, aún hoy, como el hinduismo, el budismo, el taoísmo, el chamanismo, la religión…en fin, leerlos es sumergirse en todo el sabiduría de la humanidad. Todo ello, el médico Psiquiatra lo sustituyó por una pastilla. Ésa es otra anteojera. No se solucionan problemas, se eliminan síntomas para que haya eficacia productiva.
Por último, decir que, en el ámbito humano, existencial, vivencial, no del hombre máquina o del hombre como objeto que consume y es consumido, el hombre mercancía, los problemas no se resuelven, porque, en realidad, no hay problemas, hay situaciones existenciales que biopsíquicamente producen dolor o sufrimiento. Pero, una de las marcas de la vida es que hay sufrimiento y dolor. Se ha trasladado, de las ciencias naturales, en especial, la física, el modelo de problema con una solución matemática y mecánica a todas las ciencias de la salud, donde hasta se habla de evidencia científica y, en particular, en la Psicología. La mente del Psicólogo y el paciente miran por el paradigma materialista mecanicista y ven problemas, donde no hay problemas, sino una mirada con sentido o sin sentido a nuestra propia existencia. Nuestra existencia no es mecánica, no somos un robot. Somos el ser que busca el sentido y que muchas veces lo pierde. El ser con existencia, no con esencia. El ser que vive al borde del precipicio, en el filo de la navaja. En realidad, no hay problemas, hay dilemas existenciales en los que con una decisión cambiamos el rumbo de nuestra vida; por eso emerge el miedo, la inseguridad, la indecisión. El hombre está “enfermo” porque se ha desnaturalizado, por un lado y, por otro, porque está sufriendo las consecuencias de la muerte de Dios. Esto es: vive inmerso en el nihilismo y eso es un sin vivir, es insoportable. De ahí todo el discurso de la posverdad, el discurso narcisista del cuerpo, las ideologías fascistas que eliminan al otro como si fuera un desperdicio…En un caos civilizatorio como en el que pienso que estamos, pues puede comenzar, si no actuamos, una guerra de todos contra todos. Hay que rescatar nuestra naturaleza biológica y nuestra naturaleza cultural que regulaba por medio de rituales los momentos de paso más importantes en la vida humana; desde el nacimiento hasta la muerte.
Un ejemplo más detallado de que la ciencia es un discurso religioso, dogmático y cargado de intereses: internos y externos.
Independientemente de eso, en biología estamos bajo un paradigma que apoya una teoría, mejor hipótesis evolutiva que nunca ha sido probada y, no refutada; pero, tiene la carga de la prueba. Es decir, que tiene cosas que explicar que, hasta ahora, no fueron explicadas. Fueron razones de intereses profesionales y políticos los que dieron paso a la aceptación del darwinismo. Con él, y no me extiendo, se justificaba el imperialismo. Posteriormente, es muy curioso, el neodarwinismo se convirtió en un dogma que se enseña en las universidades como el catecismo. Hay múltiples teorías, más explicativas, como la de Kimura y su teoría neutralista, la de Gould y su probabilidad improbable. Ninguna de las dos hablan de la supervivencia del más fuerte, ni del más apto. Esto es una tautología o, como decía mi profesor de lógica, en paz descanse, una tontería. Sin embargo, Gould, Kimura y otros ofrecen explicaciones y pruebas, pero están fuera del dogma. La famosa Lym Margulis explicó el origen de la vida y la evolución por medio de la simbiosis. Pero de la simbiosis de microorganismos. Estos hacen posible la vida de los animales superiores. La pirámide se rompe. No hay el más evolucionado, si existes es porque hay adaptación, pero, muchas veces, se adaptan los más débiles a través de otras facultades, como son la cooperación. Nosotros somos sesenta billones de microorganismos que viven en simbiosis con los cuarenta billones de células que poseemos. Sin los microorganismos que interactúan simbióticamente no habría posibilidad de vida pluricelular. La misma Margulis descubrió el origen simbiótico de las mitocondrias de las células. Ese descubrimiento tardó al menos treinta años en ser aceptado y casi le cuesta la carrera a la bióloga. Pero es que ese descubrimiento no es más que la punta de iceberg de la teoría simbiótica. La vida en la tierra tiene 3.500 millones de años y a todas las extinciones masivas los únicos organismos supervivientes de todas han sido las bacterias. ¿qué organismo está mejor adaptado? En la ciencia, en nombre de la razón se cuela la religión, el dogmatismo, la superstición, los cuentos de hadas. La otra gran hipótesis es la de Gaia, que fue enterrada, ahora, como señala la entrevista está renaciendo, como misticismo. Decir que la tierra es vida resulta que es misticismo. La vida es un enigma por resolver, como todos los importantes, pero que tiene una cualidad entre muchas. Es un sistema homeostático, es decir, que se autoequilibra. Bien, eso es la Tierra, eso eres tú y eso soy yo. Y dónde reside el equilibrio, en la cooperación. ¿Os suena? Sistema capitalista: competitividad. Neodarwinismo: competitividad. Todo lo que sea colaboración simbiótica suena a comunismo. Para una información muy detallada de esto ver: Carlos Solis: «Razones e intereses en la Historia de la Ciencia». Tuve la suerte de realizar un curso de doctorado con el autor cuando estaba trabajando sobre la idea de evolución en el XIX, precisamente me tocó el tema del descubrimientos de los fósiles que llamaron grandes lagartos, que eran los dinosaurios.
También habría que hablar de la microevolución, como un pequeño cambio genético produce una gran transformación en el organismo. Esta línea, sobre la que trabajó el autor de «Deconstruyendo a Darwin», ahora divulgador científico, también es muy prometedora porque explica los cambios bruscos en el registro fósil. Algo que parece que al neodarwinismo se le ha olvidado que, desde Darwin, está por explicar. En fin, hay mucho que no se enseña, ni se dice. Por ejemplo, y termino, ¿Cómo explica el genetismo del neodarwinismo la evolución a través de los mecanismos epigenéticos? Buaff. La Ciencia, como bien decía Feyerabend es nihilista. No hay ni método, ni epistemología, ni nada, todo son cuentos y narraciones. O, ¿saca a un médico del protocolo, a ver qué pasa? La llamada evidencia científica es un acto de fe.
