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Un año lo hice al revés y me salió mal

Pedro Lagos, presidente Cooperativa Ntra. Sra. de Belén

El día que te ves pensando ‘casi mejor dejo la uva en el campo’, se te desmontan muchas teorías de la cabeza.

Si estás harto de que te digan lo que vale tu producto, entiendo que quieras ir a tu aire. Yo lo hice. Y aprendí dónde está el precio de verdad.

En un año bueno ir por libre es fácil. Yo lo hice en un año malo y entendí lo que vale una salida segura.

Para el que no me conozca, soy Pedro Ramón Lagos, tengo 41 años. Se puede decir que soy joven agricultor. En el campo llevo toda la vida desde crío. Fines de semana, vacaciones… lo típico en una explotación familiar. Y a los 18 ya me hice autónomo y tiré para adelante.

A mí también me han dicho lo de “estudia y dedícate a otra cosa”. Como a todos. Pero es que el campo me gusta. Me gusta trabajar para mí, hacer las cosas a mi manera, probar, cambiar, experimentar. Es duro, sí. Pero te da libertad. Y si te sabes mover, te deja vivir.

Ahora, que nadie se engañe, el enemigo es la incertidumbre. El clima, el precio, lo que te cuesta producir, lo que vas a cobrar… nunca lo tienes controlado del todo. Y lo peor es cuando te toca invertir y luego llega la cosecha y el mercado se viene abajo. Ahí o te adaptas, o te hundes.

Yo siempre he sido de cooperativa. Lo he mamado en casa. La unión hace fuerza, y con productos perecederos eso es vital. Estoy en la cooperativa Nuestra Señora de Belén, en Puebla de Sancho Pérez, y ahora soy presidente. También formo parte del consejo rector de la cooperativa Santísimo Cristo del Humilladero, en Medina de las Torres.

Y por eso te lo digo como lo siento, la cooperativa no es un sitio al que “se va” solo cuando aprieta. Es un proyecto que se construye con continuidad, sobre todo cuando las cosas van bien, porque ahí es cuando de verdad tienes margen para fortalecerlo.

Digo esto con conocimiento de causa porque el año que yo me fui por mi cuenta fue un año malo. Justo al revés de lo que suelen hacer los que quieren ir “por libre”.

De esos en los que la uva te aprieta y no te espera. Y por cómo estaba la cosa entonces, no teníamos la capacidad como ahora para ir metiendo y sacando de contínuo. Total, que me vi buscando fuera para vender la uva. Y cuando empecé a moverme por los puestos… se me desmontó la fantasía que me había creado en mi cabeza.

Te lo resumo en una frase, era mejor verla en el campo que cortarla.

Porque cuando el mercado no te necesita, te lo deja bastante claro en el precio. Y cuando tú llevas prisa, te rematan. Ahí aprendí una cosa que no se me va a olvidar nunca, con un producto perecedero no negocias “a ver si sube”. El tiempo juega siempre contra ti. Cada día que pasa vale menos. Y si no tienes una salida segura, te quedas vendido.

Ahí fue cuando entendí para qué sirve de verdad una cooperativa. No es perfecta, claro que no. A veces se vende más tarde y se cobra más tarde. Pero en lo básico cumplen y recogen. Si necesitas liquidez, tienes varias herramientas como los anticipos. 

Y luego hay otra cosa que a veces no acabamos de ver, y es que en una cooperativa no entregas la uva y ya está. Tú traes uva, sí, pero se vende vino. Se transforma, se comercializa y se aprovecha incluso el subproducto por el que fuera no te pagan. Eso vuelve a nosotros como valor añadido directo al bolsillo.

Y además compras más barato el abono, el gasoil, tienes más servicios… hay más poder de negociación. Eso también es rentabilidad, aunque no se vea en la cuenta del día.

Y cuando varias cooperativas se integran en un grupo como Viñaoliva, lo que se busca es lo mismo pero a otra escala con más capacidad para defender el producto, colocar volumen, comprar con más fuerza y aguantar mejor los golpes. Porque cuando vas junto, te quitas parte de la incertidumbre de encima y la conviertes en algo más parecido a estabilidad.

Yo entiendo al joven que coge el relevo y dice “necesito liquidez”. Lo entiendo. Todo cuesta una barbaridad y muchos vuelven al campo con explotaciones que hay que poner al día y facturas que pagar. Por eso te tienta ir por libre.

Lo que me preocupa de verdad es que muchos jóvenes ven la cooperativa como “lo de mi padre” o “lo de mi abuelo”. Como un sitio donde pintan poco. Y así, claro, no engancha.

La cooperativa engancha cuando entiendes que también puede ser la mejor escuela de negocios si te involucras, si tienes inquietud por saber cómo vendes, a quién vendes, cuándo inviertes, cómo reduces costes, cómo te haces fuerte. Y eso se decide y se aprende en las asambleas o participando en las directivas. Por eso estoy donde estoy, presidente en La Puebla y rector en Medina, porque si los que venimos detrás no entramos con ganas de crecer o llegar más lejos, luego no vale eso de quejarse de que “esto no cambia”.

Así que si te pica la duda o no lo ves claro, haz una cosa muy sencilla.

Acércate, pregunta, mira los números, observa cómo se decide o cómo se vende, y con qué objetivo.

Porque al final, el cooperativismo se impulsa en los años buenos para que en los años malos te dé rentabilidad y, sobre todo, estabilidad. 

Y si quieres formar parte de eso, las puertas están abiertas.

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