Es difícil vivir entre las personas que no acaban de salir del egoísmo y estar en un mundo en el que no hay cosas, ni yoes. Estos últimos (los que habitan el mundo no dual y guardianes del saber en todos sus ámbitos) no pueden enseñar porque nadie se lo pide. Si se lo piden es egoístamente, en forma de autoayuda. Pero no lo piden desde el aprender para todos. Si no se rompe la frontera con el yo es imposible trascender hacia los demás. Lo mismo, la ausencia de fronteras, la muerte de Dios, la crisis existencial… puede ser que abra la puerta a un salto espiritual evolutivo.
¿Cómo predicar o, mejor, intentar enseñar en el desierto intelectual, en el nihilismo y vacía existencial que nos ha tocado vivir? Pues, para empezar, hay que abandonar la actitud autoritaria de querer enseñar o peor, predicar, algo a alguien. Grosso modo, los mayores o más viejos vienen de vuelta de la verdad y son los que más se agarran a la posverdad por desencanto y por ende, por cinismo. Los jóvenes están inmersos en un mundo de información y cultura variopinto en el que se mueven como pez en el agua. Claro, este mundo está cohabitado por sabios y farsantes, por gente que busca conocimiento y desarrollo y lo que se encuentra es desinformación y mercachifles. De modo que, ante el nihilismo, el vacío existencial, el egocentrismo excluyente e incluyente, poco se puede hacer.
Pero, por mi parte, he llegado a la conclusión de que no se puede intentar enseñar nada. Enseñar, a los jóvenes -los viejos es otra historia, casi que han perdido su tren si no se montan ya en el vagón de cola- pues es no enseñar. La tarea es la de apertura a ser solicitado. Nadie está legitimado a querer enseñar. Porque enseñar, se siente, por los jóvenes como una imposición. Los jóvenes han aprendido que el conocimiento se busca, el problema es que no se han dado cuenta de que eso es cierto y es la actitud. Pero hay toda una serie de tradiciones que salvaguardan el conocimiento, que son los guardianes del conocimiento. Y estos son una guía para seguir aprendiendo y verse libres de aquellos que juegan con el mercado, con el sufrimiento y con la ignorancia e inocencia del que quiere un mundo mejor.
Los que nos situamos en un punto medio, no por edad; sino por ganas de enseñar, de aprender, no hemos de predicar, ni tomar el pasado como referencia última; sino aprender que en el mismo presente y en el futuro, lo que quieran ellos, aunque nosotros no lo entendamos, ha de ser respetado. Eso sí, sí hay valores objetivos como la libertad y la dignidad. Todos somos libres. Eso significa que todos somos dignos. Y, en tanto que los somos, la libertad de otro no puede estar por encima de la dignidad de nadie. O, dicho de otra forma, la libertad, de alguna manera, es obedecer leyes que nos protegen a nosotros mismos, no que nos cohíben, refiriéndome a la libertad legal fundamentalmente.
No es que se haya perdido la legitimidad de enseñar. Al revés, ésa se tiene y hay que salvaguardarla mejor que nunca porque cualquiera hoy puede o se siente acreditado para enseñar cualquier cosa. Pero hay que cambiar el sistema reglado y, ya que, con el acceso a tanta información, al hecho de que estamos sumergidos en un mundo de información, hay que aprovechar el que ahora, más que nunca en la historia, se busca aprender y se tiene acceso a mucha información. Digo mucha porque, por ejemplo, la IA, parece una apertura y lo es; pero también es un cierre en la medida en que las IA está en todos los motores de búsqueda. Y, si ya estaba la información muy sesgada por la popularidad, que no quiere decir, ni la mejor, ni la más verdadera, pues en este momento es la misma IA la que te va dirigiendo; siendo difícil salir de ahí.
Es difícil y apasionante a la vez, el hecho de pertenecer a algo viejo que desaparece y conocer y estar, incluso, inmerso en lo nuevo que surge. Pienso que tener la oportunidad de participar en los dos mundos y poder poner un granito de arena, en el nuevo, pues es algo que no es una carga, aunque lo es vitalmente, sino un privilegio. Digo que vitalmente es una carga porque requiere mucha energía ir soltando lo viejo, sin perderlo y abrazando lo nuevo, sin imprudencia y excesivo entusiasmo.
