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Sentido, sin sentido, muerte y vida 

¿Quién soy yo?, se pregunta el filósofo y cualquier ser humano, aunque las dimensiones de la respuesta sean distintas. Cada cual tiene su respuesta a esta pregunta. Por gremios: filósofos, científicos, religiosos, místicos, tecnólogos, políticos,… Pero, en última instancia hay un reducto de esta pregunta que queda para mí sólo. Es decir; que me veo frente a la pregunta, como descarnado, sin relato. Ni si quiera como el neurótico Unamuno que quería persistir en su tragedia vital eternamente y con su delirio de grandeza. 

Menos mal que no lo pilló ningún psiquiatra o psicólogo en su delirio y pudo desarrollarlo y sublimarlo, en parte, por el arte literario y la filosofía. Y por su forma de estar en el mundo siendo: Miguel de Unamuno. 

¿Quién soy yo? se preguntaba el filósofo de Königsberg; y ahí se reducía toda la filosofía, tanto en lo particular. Quién soy yo en tanto que yo soy. Y quién soy yo en tanto que yo entendido como humanidad. Lo concreto y lo universal. Lo uno condiciona a lo otro y lo otro a lo uno. 

¿Quién soy yo? Para responder pues tengo que responder, también de forma individual y universal a tres preguntas, que abarcarían las tres grandes dimensiones del ser humano: la del saber o conocimiento-ciencia, la del hacer o la ética y la del esperar, la religioso-teológica o Histórica. ¿Qué puedo saber?, ¿Qué debo hacer? Y ¿Qué me cabe esperar? 

En el fondo de esto está la muerte. Responder a estas preguntas, que nacen de lo individual en busca de sentido y que se institucionalizan como filosofía, ética, teología, religión, ciencia, … Es decir, que nacen de la desesperación del sin sentido del hombre particular que, por lo general, encuentra el sentido en el relato universal institucionalizado. Pero, en el fondo, convencional. Y es así porque es un relato basado en el lenguaje, en palabras. Y las palabras comunican un sentido, pero no son el sentido. 

Quedarse solo ante la pregunta de ¿Quién soy? y guardar silencio. 

O el silencio nos habla, a la manera que nos hable y que nosotros seamos capaces de comprender, o seguimos el silencio soportando el sin sentido en un estado semi cataléptico o actuando impulsivamente, como un loco liberado que ha perdido el contacto con la tierra, con lo convencional, con lo que se espera que cualquiera haga. 

El silencio lleva a la soledad. Porque existimos como sociedad en tanto que tenemos lenguaje. O nos lleva a un continuo fingir con el que podemos jugar y divertirnos, siendo conscientes de ello, o a una eterna frustración. A una lucha interna y externa. Con uno mismo y con el mundo. 

Pero, no hay nada, sólo sensaciones, experiencias. Y a ellas les damos nombre y las comunicamos. Confundiendo el nombre con la sensación o experiencia. Ahí está la confusión y el origen del relato que nos llevará al sentido completo de la vida y de la humanidad: desde la pura ciencia a la más excelsa teología. En definitiva: nadería. Y si se da cuenta uno de ello, entonces cae en la cuenta del gran engaño. A menos que tenga buen sentido del humor y se lo tome como una gran carcajada. Entonces se libera de las cadenas del sentido y vuelve al sin sentido y al silencio. 

O bien puede hablar como una cacatúa sin saber lo que dice, ni importarle, claro. Si todo lo que se dice no es más que un relato para poder pasar este trance al que llamamos existencia. Este bardo, que llaman los tibetanos. Este valle de lágrimas, del que hablan los cristianos. 

Descubrir el sin sentido es la liberación. Porque cualquier sentido es una construcción mental. Es una prisión del ego para la consciencia eterna e infinita que somos y a la que pertenecemos como emanación. 

Somos un suspiro de esa fluctuación cuántica. Somos producto de la magia de la Consciencia infinita que, por ser infinita, no tiene más remedio que ser vacuidad. Pero por el hecho de su virtualidad es plenitud. 

Esa consciencia infinita no es substancia infinita. Si fuera substancia, no sería infinita. Aquí, el amigo Spinoza cae en el embrujo del lenguaje racionalista, porque todos, a través del lenguaje, somos hijos de nuestro tiempo o de nuestro paradigma. Por eso, en el momento en el que se habla ya se está uno autoengañando, a no ser que mire lo que va diciendo desde otro nivel del lenguaje más alto y así, sucesivamente, hasta el infinito. 

La substancia es res, cosa, y, como cosa, es finita porque tiene un contenido definible; sino no sería substancia. La substancia infinita es un oxímoron. Spinoza sigue el lenguaje racionalista de Descartes, que, por otro lado, no es más que el de la escolástica aristotélica. 

La liberación, iluminación, sabiduría es el sin sentido que descubrimos en el silencio y en la soledad. Por eso el místico, como el científico, el filósofo, el artista, se llevan un tiempo de renuncia. De alejarse en la Nada del Desierto: interior y exterior. 

Es en el desierto del silencio y la soledad, de la meditación, reflexión, contemplación, desesperación, tentación, donde encuentran las respuestas. 

La respuesta es la VIDA, la alegría inconmensurable de Ser. De esa alegría de ser brota el amor, la bondad y la compasión. Porque la alegría es expansiva. Se comunica por sí misma, no necesita de palabras. Sólo de la risa y de un ligero balbuceo. Para poder vivir así necesitaríamos una consciencia por encima de la intelectual, que la integrase. Como un cerebro integra al anterior, pero no lo anula. 

Entonces podríamos entrar todos en la dimensión espiritual humana. Esa dimensión que se viene anunciando desde la era axial, pero que sólo unos cuantos, aunque sean cientos de miles o millones a lo largo de la historia de la humanidad, han llegado. Porque ese número, comparado con el total, no es nada. 

Esa dimensión espiritual seria nuestra consciencia infinita: inmanente y trascendente. La llevamos dentro y la encontramos fuera. Pero, atención, que esto es ya ir hablando y construyendo un relato. No confundir ese relato con tintes de universalidad con lo experiencial e individual. El relato se vive experiencialmente en la soledad y uno entiende que no es más que algo convencional para dar sentido, cada vez más cercano a la vacuidad infinita y plena, pero, sin llegar a ella. 

Al final, con relato o sin relato. Y, sin explicación, como hemos nacido, pues morimos. Todo es impermanente, nos dicen, y eso es la vacuidad, somos temporales, nos dice la ciencia. Que es lo mismo que la impermanencia, pero conmensurable. Y al relato de la ciencia le interesa lo empírico y lo medible. Pero no nos comunica nada de la muerte. 

¿Y si la muerte es estar inmerso en el relato de forma inconsciente? De ahí que llamemos también Despertar a salir del relato. 

Cuando salimos del relato podemos perder pie, entonces nos volvemos locos, o dicen que estamos locos, como Nietzsche, y tantos otros. O bien señalamos el sin sentido por medio de metáforas, parábolas, acciones altruistas y fraternales, por el contagio de nuestra propia alegría e ironía un tanto ácida. Porque al ciudadano de hoy no le basta con la ironía; a veces hay que cogerlo por la solapa y vapulearlo un poco a ver si sale de su perpetua ensoñación. 

Morir, vivir, son lo mismo. El que tiene la certeza de su muerte, ya está muerto para la sociedad, pero ha nacido a la vida eterna. El que está vivo socialmente, está muerto para la vida eterna. 

Así, el sin sentido es la vida, que es el Despertar del supuesto sentido de todo. Un sentido lingüístico y convencional. 

Por eso los muertos están en silencio. Y, a medida que vamos muriendo vamos callando. Porque nos vamos abriendo a la plenitud del sonido del silencio, de la vacuidad. 

Los que sueñan que están muy vivos no paran de hablar. Son cotorras que se pierden, a sabiendas, en el chismorreo. De otra manera no aguantarían su muerte, salvo fingiendo que están vivos. 

Morir es nacer. Como se dice en los Evangelios, en la vida del Espíritu. Que como fuera dicho es inmanente y trascendente. 

Por eso el que muere, nace fuera de sí mismo, se Libera del engaño del Sentido. Nace al Ser, que no tiene sentido, porque, simplemente, es. 

Por eso, el que nace al Ser, el Liberado, despierto, iluminado, mora en el Ser, en las sensaciones y experiencias, en el Aquí y el Ahora eternos. Fuera del engaño del sin sentido del tiempo. 

No hay muerte, hay eternidad, salvo la del engaño, la de las apariencias, la del relato lingüístico en busca de sentido. 

Despertar, liberarse, iluminarse, ser; no es más que descubrir el sin sentido del relato sobre la naturaleza originaria: las sensaciones impermanentes, interconectadas y la vacuidad que representan en su plenitud de impermanencia. 

Morir es ser sin nada a lo que aferrarse, sin algo que necesite aferrarse. Morir es perder la identidad del ego. Morir en vida es Despertar de este sueño dogmático y tiránico del lenguaje institucionalizado en forma de ciencia, religión, ética, derecho, filosofía, … 

Morir en vida es vagar y morar en la vacuidad, sin fin, realidad manifiesta y no manifiesta, inmanente y trascendente. 

Morir desde el relato del lenguaje y del sentido es sufrir. Es aferrarse a lo que no es, desde lo que tampoco es: el ego. 

Lo transpersonal es la muerte del ego egoico, no del ego racional y libre. Ahora bien, la transpersonal es la consciencia espiritual que se constituye en el nosotros de todos los seres sintientes que está por encima de nuestro ego sano, libre y racional. Lo integra. 

La vida es la emanación del espíritu. Materia y espíritu son manifestaciones de lo mismo. De la materia llegamos al espíritu y a través del espíritu comprendemos la materia. 

Pero no tratemos de dar sentido, no nos refugiemos en el discurso, que rápidamente, como genialmente viera Wittgenstein, otro bicho raro del siglo XX, caemos en el embrujo del lenguaje, que es la búsqueda de un sentido que nos dé refugio. No hay sentido, no hay refugio, no hay maestro, todos son transitorios, dedos que apuntan, sólo hay soledad y silencio del que brota el eterno fluir del ser, la vacuidad y la impermanencia de todo lo condicionado. 

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