La maestra de Educación Infantil Pili Ortiz Báez se jubiló el pasado 7 de enero tras 33 años de docencia marcados por la vocación. Villalbense de origen, lleva más de tres décadas afincada en Fuente del Maestre, donde ha desarrollado buena parte de su trayectoria profesional.
Esa vocación nació muy pronto. De niña ya jugaba a dar clase a sus hermanos y hermanas. “Como soy la mayor, los sentaba frente a mí y les hacía dictados de palabras, de números, los ponía a leer… O colocaba a mis muñecas como si fueran mis alumnas. Siempre soñé con dedicarme a esto”, recuerda.
Ortiz Báez estudió Magisterio en la Escuela Universitaria de Badajoz y tuvo su primer destino en una base militar de Constantina (Sevilla), una experiencia que define como “curiosa y muy positiva”, dando clase a los hijos e hijas de los militares y haciendo vida en el cuartel durante la semana.
A lo largo de su carrera pasó por distintos centros de la provincia de Badajoz, en localidades como Villalba, La Parra, Zafra, Esparragosa de Lares o Don Benito. Tras una etapa en Valencia del Ventoso y un curso en el colegio Miguel Garrayo, regresó a Fuente del Maestre, donde desde el curso 2009/2010 quedó definitivamente en el colegio San José de Calasanz, centro en el que ha trabajado durante los últimos 16 años.
“El San José de Calasanz ha sido, y aún lo siento así, como mi segunda casa. He tenido compañeras y compañeros estupendos; hemos trabajado mucho y también nos hemos divertido mucho”, afirma.
Aunque en alguna ocasión impartió clase en Primaria, su trayectoria ha estado centrada en Infantil, con alumnado de entre 3 y 6 años, una etapa que siempre ha preferido. “Me encanta. He disfrutado muchísimo con ellos. Es increíble ver cómo son esponjas, cómo evolucionan tan rápido y los vínculos casi familiares que se crean. Siempre digo que una maestra de infantil es mucho más que una maestra: somos cuidadoras emocionales, psicólogas, enfermeras y hasta coreógrafas. En esta etapa, lo afectivo es más importante que lo técnico”.
Sobre los cambios en la enseñanza, reconoce que, más allá de las reformas educativas, el mayor reto fue la pandemia. “Fue especialmente duro porque mis alumnos son muy pequeños y necesitan contacto físico, abrazos. Tener que hacerlo todo a través de pantallas fue muy difícil desde el punto de vista emocional, aunque también hay que destacar el enorme esfuerzo de los niños y de las familias, se portaron como auténticos héroes”.
Pili Ortiz se emociona al recordar el homenaje que recibió en su colegio el pasado 19 de diciembre. “Me hicieron desfilar por una alfombra roja y, al abrirse el telón, me encontré con representantes de todas las promociones a las que he dado clase. Fue impensable y muy emocionante”. Incluso una antigua alumna le envió un mensaje desde Roma, donde se encuentra con una beca Erasmus. “Cantaron los actuales, estuvieron los compañeros, el AMPA y toda mi familia. Ver a tantas generaciones juntas fue inolvidable”.
La “seño Pili”, un título que dice llevar “con mucho orgullo”, afronta ahora esta nueva etapa “con calma” y con sentimientos encontrados. Eso sí, tiene claro lo mejor de la jubilación: no tener que poner el despertador.

