Imagina, ‘un ponéh’ que se diría en mi pueblo, que este verano tienes la suerte de levantarte sin prisa. O de salir prontito de trabajar y tener la tarde para ti.
Entonces tú coges el móvil un ratino nada más, un poquito para echarle un vistazo rápido a las historias de instagram -de facebook o whtasapp si naciste antes que el euro, de tiktok si naciste después- y tu primo en Vietnam, tu amiga en la playa con su novio, tu compañero de universidad por Ibiza con su grupo de amigos de toda la vida, alguien que no sabes ni quién es de viaje en caravana por el norte de Europa…
Y de repente tú ya no tienes tantas ganas de ir a pasar la tarde a la piscina de tu pueblo (al poli), ni de ir a cenar unas gambas al polígono ni de elegir una granizada de sabores en la taberna correspondiente.
Habías empezado el día siendo alguien con suerte en estos tiempos que corren, es decir, alguien con tiempo para el ocio y el disfrute; y de un momento a otro ya no tienes muchas ganas de nada, se fue la motivación a no se sabe muy bien dónde.
Y no es que ocurra nada malo en tu mente ni falle algo en ti, es simplemente que la comparación se ha activado de forma “ascendente”, lo que quiere decir que te has comparado únicamente con aquellas personas que crees que están mejor que tú, y eso siempre escuece un poquito.
La comparación forma parte del ser humano y si nos ha acompañado durante miles de años de evolución es porque cumple una función totalmente adaptativa: nos ayuda a orientarnos en un entorno donde no siempre existen criterios objetivos para ubicarnos, ya sea literal o metafóricamente.
Desde la psicología abrazamos la comparación porque facilita el aprendizaje -alguien nos hace de modelo de comportamiento-, la toma de decisiones -qué es más probable que funcione para lo que yo necesito- y la adaptación al grupo -nos ayuda a comprender las normas sociales-.
Sin embargo, se convierte en una dificultad importante cuando se sobrecargan los mecanismos de comparación y se alteran los parámetros naturales de la misma.
Las redes sociales favorecen estos dos detonantes de la dificultad porque ya no nos comparamos con un entorno limitado de personas (vecinas, familiares, conocidas) sino con cientos de personas cada día, y de la mayoría de éstas sólo vemos un pequeño momento de su día que comparamos con toda nuestra jornada.
Antes de las redes sociales tendíamos a compararnos con gente de nuestro entorno y, usualmente, esto quiere decir que comparten realidades con nosotras (nivel económico, prioridades vitales, intereses, barrio…), por lo que la diferencia en la comparación no solía ser abismal.
La comparación ascendente es útil siempre que favorezca la motivación (“yo también puedo lograr eso”), pero cuando la distancia con quien nos comparamos es tan grande es más probable que lo único que genere sea frustración.
Esto ahora pasa continuamente si tus ‘seguidos’ en redes son mayoritariamente creadoras de contenido con vidas muy lejanas a la tuya; antes sólo pasaba si mirabas la revista Hola y con un poquito de conciencia de clase se te pasaba el disgusto enseguida.
Además, si la comparación es con alguien de tu entorno tienes más información que te ayuda a complejizar el pensamiento: sabes cuánto ha trabajado para tener una semana de vacaciones al año, que la enchufó su primo en ese trabajo tan bueno, que se ha pasado todas las vacaciones discutiendo con su amiga, que se han ido de viaje para no ver a sus padres, que el avión llegó con horas de retraso o que les llovió seis de los siete días que estuvieron en la playa.
En redes sociales esto no ocurre de la misma forma: consumimos los cinco mejores minutos de la vida de cientos de personas y los comparamos con toda nuestra vida y, muy a nuestro pesar, es imposible que todo en nuestro día a día sean paisajes espectaculares, momentos felices, sonrisas con carillas y experiencias extraordinarias.
Por todo esto, un uso intenso de las redes sociales se relaciona en diversos estudios con menor satisfacción vital, peor autoestima, miedo a perderse cosas (FOMO), sensación de estar estancada, ansiedad o síntomas depresivos.
Esto no significa que las redes sociales por sí mismas provoquen alteraciones del estado de ánimo o problemas mentales, pero favorecen esa comparación constance que aumenta determinadas vulnerabilidades y que pueden mantener o fomentar pensamientos de insuficiencia.
Si te has sentido reflejada en los primeros párrafos de este artículo, hay cosas que puedes hacer para proteger tu salud mental, especialmente en estas fechas que son un buen caldo de cultivo para el exceso de postureo en redes.
En primer lugar, recuerda que sólo estás viendo lo que los demás quieren que veas, no la realidad completa, y observa cómo sueles sentirte después de usar redes sociales.
Si aparece tristeza, frustración, sensación de fracaso, pensamientos negativos contra ti misma… es un buen momento de revisar hábitos digitales.
Este segundo punto es fundamental, y no hace falta eliminar las redes de nuestra vida. Lo principal es limitar el tiempo que las consumimos, evitar el scroll automático, elegir conscientemente qué quiero ver y para qué, y reservar momentos del día a la desconexión tecnológica.
Por último, es importante aprender a valorar elementos de nuestra propia existencia aunque no sean fotogénicos o compartibles. Esos momentos del día en los que estamos tranquilas o a gusto, conectadas con el instante, contentas con la compañía o en paz con la soledad.
El descanso, unas risas con amigos, un paseo sin prisa, una comida familiar o un chapuzón en piscina pública con tu pareja difícilmente serán virales, pero son potencialmente los momentos que más contribuyen a nuestro bienestar.
Las vacaciones en particular y la vida en general no necesitan parecer extraordinarias para ser valiosas.
No necesitas tener las vacaciones perfectas, sólo unas lo suficientemente buenas para ti.
